lunes, 21 de julio de 2014

El Cristo de la Calavera. [Más Bécquer y más Girard]


Nos pasmábamos ayer de la lectura girardiana que hacía Gustavo Adolfo Bécquer de un sucedido de su tiempo, y nos guardábamos en la manga la sospecha de que la carta IX de Cartas desde mi celda, dedicada a la Virgen María no dejaba de tener relación (una relación curativa) con la crisis mimética descrita en las dos cartas anteriores. La lectura de la leyenda "El Cristo de la Calavera" nos confirma en nuestras suposiciones de que Bécquer estaba, como Cervantes, como Shakespeare, como Proust, como Dostoyevski, como todos los grandes, en el secreto. Para empezar con la leyenda en cuestión, las tensiones entre los jóvenes Lope y Alonso, viejos amigos, a cuenta de su amor por la hermosa Inés, son una descripción detallada y perfecta del paso del deseo mimético a la rivalidad mimética. Juzguen ustedes: 


… junto al sitial donde ella se reclinó un instante después de haber dado una vuelta por los salones, comenzaron una elegante lucha de frases enamoradas e ingeniosas o epigramas embozados y agudos. Los astros menores de esta brillante constelación, formando un dorado semicírculo en torno de ambos galanes [Alonso y Lope], reían y esforzaban las delicadas burlas; y la hermosa, objeto de aquel torneo de palabras, aprobaba con una imperceptible sonrisa los conceptos escogidos o llenos de intención que, ora salían de los labios de sus adoradores como una ligera onda de perfume que halagaba su vanidad, ora partían como una saeta aguda que iba a buscar, para clavarse en él, el punto más vulnerable del contrario: su amor propio. Ya el cortesano combate de ingenio y galanura comenzaba a hacerse de cada vez más crudo; las frases eran aún corteses en la forma, pero breves, secas, y al pronunciarlas, si bien las acompañaba una ligera dilatación de los labios, semejante a una sonrisa, los ligeros relámpagos de los ojos, imposibles de ocultar, demostraban que la cólera hervía comprimida en el seno de ambos rivales.
La cosa va a terminar en un duelo, naturalmente. Pero está Toledo tan oscuro que ni los rivales se distinguen a sí mismos y así el enfrentamiento a muerte no puede celebrarse en ningún lugar. Hasta que encuentran la vela que ilumina al Cristo de la Calavera, y allí se disponen a luchar. Cada vez que cruzan los aceros, se apaga la vela. Cuando bajan las espadas, vuelve a encenderse. Tras varias repeticiones del prodigio, entienden y se abrazan, con palabras de una claridad diáfana propia del último Girard:  
Dios no quiere permitir este combate, porque es una lucha fratricida; porque un combate entre nosotros ofende al cielo, ante el cual nos hemos jurado cien veces una amistad eterna.
Y más aún, pues ahora existe, no ya un deseo enfrentado, sino un deseo unánime que nace de la amistad: una rivalidad mimética invertida (o enderezada) por el amor mutuo. Propone Alonso que sea Inés la que escoja amador. La respuesta no puede ser más luminosa: 
—Pues tú lo quieres, sea —contestó Lope.
Y, entonces, el final, deslumbradoramente feliz, gracioso, con una estruendosa carcajada, incluso, y con un rubor nada romántico, sin mentira romántica, con verdad novelesca. Yo me lo leería. O releería