jueves, 3 de julio de 2014

La d'Orsiada. Entrada en marcha.


Ya saben los lectores de RyT que el viaje por antonomasia de este autor es a Madrid. Como periplo heroico, me basta. Es un viaje al centro. 
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Empieza la noche antes, haciendo las maletas. Leonor me riñe ritualmente, como antes de cada viaje, por la poca ropa que tengo, en especial zapatos. Cierto que mi relación con la moda consiste en tratar de burlarla un año más y no comprar nada nuevo. Pero ayer descubrí que la bronca de Leonor tiene una razón más de fondo. Como en algunas especies, la madre se pone arisca y gruñona para hacer más fácil a los cachorros abandonar la guarida o, en el caso de las aves, el nido. "Ja, ja", la miraba de reojo, mientras ella refunfuñaba, "ja, ja, a mí no me engañas". 
Acabo de regar las plantas. Tampoco es sólo el gesto previsor del que va a estar tres días fuera. Ahí un mensaje claro (y fresco) a las raíces, que se quedan aquí, mes semblables, mes frères
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En la estación, el padre de un niño de la clase de Carmen, que es, naturalmente, mucho más joven que yo. Viene a saludarme corriendo desde lejos, ágilmente, con la peculiaridad de que lleva dos muletas.
Me explica luego que va a Madrid a operarse de dos meniscos, y que por eso. Pero la imagen del tipo saltando como un gamo con dos muletas a las ocho y media en la estación del Puerto, me ha encantado. "Suerte", le deseo, que ya ha llegado el tren. Se aleja a toda prisa a su coche.
En el asiento de al lado, una chica gordísima. Como soy muy tímido, miro al suelo. Y tiene un pie precioso, muy fino, en una sandalia muy elegante. Otro contraste extremo, que me gusta. Luego me fijo y es guapa. Cambiamos unas pocas palabras y estreno privilegio: el del señor mayor, fuera ya de toda sospecha.
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Recuerdo este poema y pienso en Leonor o viceversa, no sé.
 Ojos que no ven 
lo que ver desean, 
¿qué verán 
que vean?
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Hace años escribí

ORSTODOXIA
 
Primero, Eugenio.
Después, don Álvaro. 
Ahora, Miguel.


No hay d'Ors sin tres.
Yendo a recitarlo a Madrid, en el tren recibo esta noticia. Yo le leí (y coincido), mas soy más papista que el Papa, así que revisito mi poemilla:

Hay que sumar a Pablo:
 
¡no hay d'Ors sin cuatro!
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Madrid me recibe con lluvia y frío y una calurosa bienvenida de un nuevo amigo. Otro enorme contraste, que me encanta. Qué extremoso día, qué bien. 
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Había bromeado con él diciendo que nos reconoceríamos en la estación por el aura de poetas. No hizo falta, menos mal. Sin embargo, en misa, la señora del banco de adelante se la debió de ver, porque no dejaba de volverse a mirarle, insistente. 
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Yo venía con alpargatas a la capital, como Miguel Hernández. La lluvia las hincha, las enfría, las endurece. Ando como un pato. 
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En mi charla sobre d'Ors con d'Ors delante, cito el poema "Lo mejor que me queda" para otra cosa. Pero, de golpe veo, en medio de mi perorata que ese aroma / nocturno del jazmín para el que no hay alambradas, atraviesa también (¡y sobre todo!) las alambradas de la actualidad que el poema levanta ante nuestros ojos, y que resultan entonces hermosamente impotentes. "Ah", me digo. Tengo un satori en el momento menos oportuno, después de haber leído tantas veces el poema y el haiku. 
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A  continuación recita d'Ors. Me pide que le despeje un poco la mesa, y veo que he dejado un devastado campo de batalla, lleno de papeles pintarrajeados, marcapáginas desparramados, un sobre vacío de Neurofren, dos vasos de plástico a medio beber, bolígrafos, lápiz, gadgets varios... Durante la lectura, por contraste y vergüenza, me fijé bien en que tras leer cada poema suyo, Miguel d'Ors recogía cuidadosamente el papelillo que señalaba cada poema, abría su portafolios y lo metía cuidadosamente en un bolsillo ad hoc

Símbolos de algo nuestro, desde luego. 

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Cuenta d'Ors que Átomos y galaxias tiene cien poemas porque le animó a ello su editora, no porque, como se ha dicho, haga un guiño a los cien cantos de la Divina Comedia. (Me sonrío. Me recuerdo animando repetidamente a la editora a que le animase a la centena por subrayar el paralelismo con Dante, oportuno entre dos libros que pretendían la totalidad trascendente. 

La vida es un profuso laberinto.)
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La cena que sigue resulta animadísima. Hablamos de Scott Derrickson que ha confesado que "está a un libro de Chesterton de convertirse al catolicismo". Celebramos la frase y, acto seguido, historias de conversos. Cito esta frase redonda: "Hay más alegría en el Cielo por un inglés que se convierte que por cien irlandeses que perseveran". Gran éxito. No recuerdo el autor y se lanzan las más variadas conjeturas. Desde aquí subsano mi imperdonable mala memoria: es de Ignacio Peyró. 
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La cena sigue animadísima y sigue y sigue. Los camareros nos invitan a irnos. Para d'Ors, no sé, pero para mí es una fiesta que me cierren los garitos. No me pasaba desde la adolescencia, si me pasó alguna vez y no lo ha inventado mi fantasía. 
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Del salón del desayuno del hotel también nos echan, tan animados retomamos la conversación de anoche. Guasón, d'Ors me pregunta si me ha dejado dormir bien la angustia de las influencias (que era el tema de mi conferencia) o si he sufrido pesadillas. 
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Me cuenta que Víctor Botas sufrió un grave infarto y cuando le bajaban en la camilla a la ambulancia, sacó la mano y vio que caían cuatro gotas: "A ver si me resfrío", se asustó el hipocondríaco insobornable. Temía una gripe in articulo mortis, glosa Miguel y nos reímos, recordando, enternecidos, al poeta. Pienso que es una prueba inconsciente de la creencia arraigada en la inmortalidad. No tiene ninguna gracia entrar en la gloria constipado, desde luego. 
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Conozco a un viejo amigo. De mar a mar, a lo Alberti, el mar del norte, por un lado, y la marecita del sur, por el mío, hemos quedado en el medio, tierra adentro. Pero, ah, sin haberlo previsto, es Neptuno el que, desde su plaza, preside nuestro abrazo. 
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Hay algo al final intensamente corporal en las amistades virtuales. Cuando te conoces, en personal los cuerpos adquieren un extraordinario protagonismo. Con ningún amigo analógico se le ocurriría a nadie comentar de sopetón su aspecto físico y menos celebrarlo. Lo cual tiene, por supuesto, su honda lectura antropológica. 
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Aunque aún no lo sospechamos, por la noche, cenaremos con el pintor Presas y nos comentará algo muy agudo. A diferencia de la música y de la literatura, la pintura no impone un marco temporal para su disfrute. De modo, me digo, que al ver cuadros el tiempo es algo que tenemos que poner nosotros bajo nuestra entera responsabilidad. Ahora, viendo cuadros en El Prado, el marco temporal lo ponen —lo entenderé por la noche— los generosos comentarios de mi hermano Jaime, el tiempo de más que un amigo u otro se detiene delante de una obra que iba a pasarnos desapercibida, la conversación sobre cualquier cosa que nos hace pararnos por azar ante otro cuadro. Se va imponiendo un ritmo. 
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La majestuosa desnudez del cuadro de "Carlos V en Mülhberg". Comparado con él, el vigoroso desnudo del emperador en la estatua de Leone Leoni parece, como su propio nombre indica, redundante, cargado de invisibles ropajes excesivos.
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En el laboratorio de Restauración, nos enseñan la cata microscópica que toman de un cuadro para analizar sus componentes. Es un trabajo minucioso, de policía científica, pero los visitantes nos deslizamos a la mística. Tener una milimétrica muestra de un Velázquez, ¿no es tener un Velázquez? Para los eucarísticos, sí, en cada fragmento, Dios. Y metafóricamente para los poetas: en cada rosa están todas las rosas. Y eso es el blogg o lo pretende: mínimos fragmentos dando cuenta de una vida entera. Oh, la casi invisible muestra de Rubens que, protegida por una cubierta de plástico, tenemos entre nuestros dedos...
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La comida, y otro contraste. Enorme pesimismo con el mundo político, cultural, literario, social, periodístico, con el mundo en general, vaya; y qué felices de estar juntos, sin embargo. 
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Visita al Museo Naval para una cosa. Pero David Arias ya nos ha invitado al jardín de su casa y todos, menos yo, que sigo en modo épico, han puesto el modo bucólico. No hay manera.
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  Cuando estoy cansado, presumo. 
(Es horrible, lo sé.)
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Durante estos días, hasta cuatro personas distintas, cuatro, me van recordando en unos sitios y otros la entrada de la piñata. Conclusiones: 

1- Qué generosa es la gente.
2- Lo mejor nuestro siempre es de otros. 
3- Escribir es perseverar en sostener (mánchandola un poco) la hoja en blanco para cuando a veces llegue la gracia. 
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Curioso denominador común. 
Repaso todas las conversaciones que he tenido aquí y allá, públicas y privadas, paseos y coches, comidas, cafés y copas, y siempre en todas hemos hablado algo de Jon Juaristi. Qué feliz casualidad. 
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A veces no logro seguir las conversaciones. Tanta bibliografía que apuntar en el móvil. 
Como si no tuviese suficientes dificultades para exponer mi hipótesis, entre tartamudeces y titubeos, datos por contrastar y flecos deshilachados, me distraigo a media explicación a recordar una tarde en la que Francisco Bejarano nos explicaba una teoría suya a trompicones aproximativos, aunque, lógicamente, delicados, como suyos. Viendo nuestras caras de incredulidad, con un insuperable desdén, zanjó: "Escribiré un artículo y lo haré indiscutible". 
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Una adolescente sensación de haber sido pillado con el carrito del helado, con el carrito del helado 2.0, cuando Ángel Ruiz y yo hemos de confesar que nuestra vieja amistad, que salta a la vista, ha dado dos encuentros personales en ¡doce años! Y acelerados. 
Llego a casa de mi hermano Jaime tardísimo, derrengado, avergonzado de despertarles, fuera de mí. Pero entro en el cuarto de invitados y hay un sofá de casa de mi madre. Una oleada de emoción. De quedarme algo de fuerzas, escribiría ahora mismo el "Elogio de la partición de la herencia". 
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Escribo esta mañana en casa de mi hermano, con la ventana abierta. Descubro otra ventaja de Madrid. Yo, que leo mucho mejor en los bares, concentrándome en aislarme, aquí no tendría que salir de casa. Qué descomunal jaleo. 
Una última comida de trabajo. Fecundísima, y eso sin contar con el lechón y el cochinillo. 
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"Muy gentil", me dice el señor obispo (no sé cuál) al que ayudo a subir las maletas en el AVE. 
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Se me cierran los ojos, pero me despierta una llamada de Leonor... para informarme que esta noche tenemos una barbacoa en caso de los Merello. Eh. Uh. Ah. Oh. Y qué bien para practicar este consejo de Nicolás Gómez Dávila que acabo de leer en Twitter: 

“Socialmente el artista debe ser tan sólo un hombre bien educado que lleva una vida doble”

En casa, la sorpresa mayúscula del recibimiento. Han brotado las semillas de hacaranda que cogí, saltando al pie del árbol, y planté con Carmen y Enrique el otro día. Qué bien. Amén. 

3 comentarios:

el rebelde dijo...

Ese folio que vuelve a la carpeta justo después de ser leído. Eso es una poética en un gesto.

Ignacio Peyró dijo...

Caro amigo: la cita -espléndida- es de Newman. He tenido que mirarlo, pues creí que yo mismo la había mencionado sin saber el autor. A cada uno lo suyo, y más si el acreedor es Newman. Un abrazo.

João Filho dijo...

Caro Enrique, mando dois abraços, um para ti, pela postagem, uma delícia, e outro para o poeta, que, para mim, é um mestre, Miguel d'Ors.