lunes, 30 de noviembre de 2015

Reparación


Del artículo de hoy me preocupaba su blandura. Ni que decir tiene que se me ocurrieron otras palabritas que escribir en el suelo con otros materiales. A lo mejor así los que hablan de la extraordinaria audacia estética de la provocación se tentasen la ropa. Pero no quise caer ni quiero en la tentación de responder al escándalo con el escándalo, y me he montado mi propia instalación. Hela aquí:


Con pequeños círculos he formado la palabra "Reparación". Está sobre PowerPoint, así que no me cuesta nada cambiar el color de cada punto. Cada día que comulgue con ciertas condiciones: llegar reverentemente a tiempo (ay), hacer la acción de gracias como se debe, no distraerme..., convertiré el agujero negro en una hostia blanca. Una a una hasta llegar a las 242.

sábado, 28 de noviembre de 2015

viernes, 27 de noviembre de 2015

No quiero ir a rugby


Ya antes de salir, en casa, Quique tenía una perreta: "No quiero ir al rugby". Y no salía de eso con distintas (dentro de lo que cabe) entonaciones de llanto: más acuoso, más leve, más seco, más gritón, más musitado, más lastimero, más irritado, irritante, siempre irritable. "No quiero ir al rugby", en el coche, en el asiento de atrás, vestido de rugby. "No quiero ir al rugby" en el aparcamiento. Por la calle. Entrando en el polideportivo. "No quiero ir al rugby" al borde del campo, ya en el rugby. Me volví por donde había venido, pues nos insisten en que el entrenamiento no puede ser obligatorio, y me volvía oyendo la misma cantinela. Podría haber cambiado al menos el tiempo verbal y llorar "No quería ir al rugby", pero no, seguía: "No quiero ir al rugby".

Que nadie piense que fue tiempo perdido: aprendí una lección fundamental. El llanto siempre es monótono, la queja aburre a las ovejas. Quique, que tiene la conversación más interesante de la comarca (en la categoría cuatro años) y muy variada, era capaz de entrar en el bucle de la llantina. Esa lección hay que entenderla, memorizarla y, sobre todo, aplicársela: se llora en bucle.

(Por la tarde, me dijo: "Ojalá habría entrenado a rugby", pero yo no lo lamenté con él porque había aprendido lo que más necesitaba; y eso vale su peso en oro.)


martes, 24 de noviembre de 2015

Sueños


En un sueño mío aparecen algunos conocidos persiguiéndome con saña y maldad. Me levanto incómodo y tardo unos minutos —que se me hacen muy largos— en acordarme de la inocencia (de la presunción de inocencia, primero y luego, por fin, suspirando, de la auténtica inocencia) de esos conocidos. Se les había pegado mi sueño como una sombra oscura que tengo que desprenderles muy cuidadosamente con un movimiento firme de voluntad. Y, de pronto, me entra el terror. ¿Entraré yo así de desasosegadoramente en los sueños de alguien? Es para pedir cada noche que todos sueñen con los angelitos; y de ninguna manera con nosotros, eso no, por piedad. ¡Qué sabias y profundas las oraciones de la infancia!


lunes, 23 de noviembre de 2015

Autorretrato de nascitura

 Carmen se autorretrata antes de nacer. Dos curiosidades. Nadie le ha pedido este tema: es un autorretrato motu proprio. Y por entonces Leonor llevaba el pelo corto, tal y como se ve en el retrato. Le quedaba (como se ve también) estupendamente. 

domingo, 22 de noviembre de 2015

Los dones del otoño


Del último y esperado libro de José Cereijo, Los dones del otoño (Pre-Textos, 2015), qué bien lo dice todo José Luis García Martín. A Cereijo no le importa repetirse, pero porque él dice lo suyo. Sería feo que yo repitiese lo de JLGM, pudiendo enlazarlo.

Añado apenas tres cosas que me han conmovido. 

La preciosa dedicatoria: "Para Miranda, estos versos que sólo la presienten".

Sé que este poemario llevaba mucho escrito y pienso que el retraso en su publicación ha resultado providencial para mí, porque lo he leído con un ánimo más otoñal que nunca, y Los dones del otoño me han dejado mejor la dulzura que traen. Estaba mejor dispuesto.

Y un pequeño poema que yo hubiese dejado más corto. Aquí lo tienen (y en la página 20):



Ahora, al fotografiarlo para subirlo, he descubierto que subrayar es tachar, de una manera tácita y, sobre todo, asertiva, lo otro. El negativo de la foto sería este poema:


El verde que todavía 
retiene el otoño, ¿no te recuerda 
al de tu propio corazón?

Que nos recuerda al inmejorable haijin que es Cereijo, y que se convierte en un poema que ya no olvidaré. Como otros del libro, eh.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Compromiso


Hace unos días, buscándome para algo en Google, di con un viejo (y tanto) cuestionario de El Cultural (creo) sobre poesía contemporánea (de entonces). Preguntaban, entre otros, a García Martín que quién era un nombre emergente o algo así. Y daba mi nombre. Ahora lo he buscado para recortarlo y ponerlo aquí y no lo encuentro. Pero da igual. Lo decía y a estas alturas vosotros no vais a dudar de mi palabra.

No vengo a presumir de aquello, sino a dolerme. Sentí, cuando lo leí, un pinchazo. Por dejar mal a alguien que me miró con generosidad y esperanza. 

Siempre he defendido como método de mejora personal el intento de estar a la altura de aquellos que nos valoran. Sería una triste gracia que tras tantos años defendiendo que García Martín es el crítico con más perspicacia del panorama de largo, venga a ser yo, ¡precisamente!, el que lo deje en evidencia.

Propósitos, pues, de emerger, ¡con emergencia! (O al menos de volver mi propio afán a la poesía, un poco.)


jueves, 19 de noviembre de 2015

Todos los padres


Tenía pensado contar otra cosa, pero ha pasado esto. Después de la actuación en el open day del cole, le he dicho a Carmen al oído: "Eras la más guapa". Y ha sonreído, eso sí, y luego ha dicho: "Yo creo que todos los papás les dicen lo mismo a sus hijas". Es la viva estampa de su madre, he pensado. Y he replicado: "Pero yo soy el único que dice la verdad". Y entonces ha puesto una maravillosa cara, mitad cínica, mitad irónica y ha dicho apenas: "¿Sí?"

Ayer, que es lo que quería contar, me acompañó a misa. Como acaba de aprender a calcar monedas con un folio y rayando con el lápiz, se trajo su monedero y los demás utensilios. A la salida estaba Manolo y yo no llevaba suelto. Le propuse darle un euro de sus ahorros y allá que fue y se lo dio. Estuve a punto de decirle que ya se lo repagaría yo, pero callé a tiempo. Mejor dejar que aprenda a ser caritativa sin paliativos. Calló ella también un rato, esperando quizá a ver mis movimientos. Viéndome tan silente, dijo: "Ya me darás tú algo, ¿no?" Y eso me pareció también muy bien porque para poder ser caritativos hay que ganárselo antes, y después.


miércoles, 18 de noviembre de 2015

De mal en peor


Lo malo de que te engañen es que no sabes a ciencia cierta si te irrita tanto porque te han cogido las vueltas o por el retorcimiento moral, tan decepcionante —clamas— de quien te la metió doblada. Y lo peor es que, a poco que pienses, descubres que te duele justo en el amor propio. Si fuese lo otro, debería dolerte lo mismo o más cuando te cuentan otras maldades más graves, otras traiciones a otros, otras infidelidades ajenas, ante las que sonríes, comprensivo, con aires de superioridad, vistiéndote de tolerancia, y que te dan igual. Y esto es todavía peor. 

Casi es preferible que te engañen.

domingo, 15 de noviembre de 2015

The Noselessness of Man


En el concierto de Beades con las canciones de La Taberna Errante, me acordé sin parar de mi bisabuelo Prudencio. Haciendo honor a su nombre, no permitió que su hija Dolores, hermana de mi abuelo materno, se fuese a Madrid al conservatorio, porque "ella tocaba el piano para recreo de su padre, y para eso ya lo hacía inmejorablemente bien", dijo a su maestro, que le insistía, zanjando toda discusión. Yo dudaba si tendría la autoridad suficiente para poner a mi hija a tocar el violín para mi recreo. Qué instrumento tan bellísimo, tan alegre con hondura, tan melancólico —si hace falta—, qué severidad irónica. Beades, que tocaba la guitarra, estaba perfectamente acompañado por el violín de Fátima. Vean, digo, oigan:



A pesar de todo y del desbordamiento musical, me dio tiempo a disfrutar con las letras, y con la estatura (moral, quiero decir) de Chesterton, que se me hacía presente de una manera casi física. Qué grande. Por ejemplo, cuando Beades cantó por Quoodle que ladró por Chesterton un lamento por la falta de nariz del ser humano. Gilbert era un sensual como Dios manda y no podía menos que lamentar que no tengamos desarrollado el olfato y las maravillas que nos vamos perdiendo por la vida. Yo, que estaba, gracias a las canciones, en perfecta comunión con el maestro, sentí en el alma la Sinnariz del Hombre, ay de nosotros.

Luego, en el bar al que irremediablemente nos condujeron las baladas de La Taberna Errante, pedí un fino y me vino al encuentro cosquilleándome en la nariz con la alegría de un Scottish Terrier que sale a la puerta a recibir a su dueño moviendo el cortado rabo. Di gracias a Dios, que nos ha dejado abierto algún resquicio.

Pero fue al día siguiente, leyendo apartado (casi escondido) de los niños, en el campo, tendido bajo un acebuche, a ras de tierra para despistar al viento, cuando volví a disfrutar de los olores. Trataba de leer, empujado por Chesterton y por Beades y por La Taberna Errante, el ensayo The hungry soul de Leon R. Kass. Pero el levante no me dejaba, revolviéndome las hojas y los ojos y los hijos, pero, a cambio, me metía el lentisco entre el libro y mi cara, y qué olor a campo fresco y áspero, viril y lírico, en cada hojita. No sé si, sin Quoodle y sin Beades, lo habría disfrutado tanto. Probablemente no. Y fue magnífico.





sábado, 14 de noviembre de 2015

Darse cuenta


De pronto lo vi. Lo vi claro en los dos sentidos, porque era convincente y porque era luminoso. Venía pensándome muy desgraciado, como suelo, con mi angustia en el pecho, mis puñalitos en la espalda, mi dolor en la garganta y mis problemas en la cabeza. Y entonces fue cuando lo vi. No era desgraciado, en absoluto, Dios, Leonor, hijos y amigos míos, no, en absoluto. Era normal. Así vive todo el mundo, debatiéndose en la vida entre las alegrías y las penas. Hasta ahora (¡y hablo de 46 años, nada menos!) he sido un privilegiado hasta extremos sonrojantes. Estoy, simplemente, descubriendo lo que es la vida, que no había prisa, por otra parte. Y esa certeza, esa solidaridad de pronto universal me llenó de una dicha inmensa, desbordante, consoladora, sí, pero más aún, sanadora. Y me di cuenta de que había vuelto a las andadas, que vivía, de nuevo, en un privilegio. Y volví, laus Deo, a sonrojarme.


viernes, 13 de noviembre de 2015

jueves, 12 de noviembre de 2015

Metatraducción


Siendo el lenguaje cinematográfico o televisivo otro idioma, los adaptadores de una novela tendrían que andarse con ojos de traductores y oídos. La española inglesa me gustó lo suficiente, como digo, pero no del todo, como es lógico. En particular, no me pareció que Macarena García estuviese a la altura, ni que fuese tan guapa como nos la imaginó Cervantes. Y ahí es donde viene el problema de la traducción: tampoco hubiese pasado nada, porque fea no es la chiquilla, pero el guión había trasladado punto por punto todas las alabanzas a su belleza que hace Cervantes en su prosa. No se habían dado cuenta de que el cine las hace innecesarias, superfluas, engorrosas y, finalmente, contraproducentes. El escritor ha de recordar al lector, ciego, las cualidades físicas de sus protagonistas. El cine eso, al menos, lo hace mejor y, sobre todo, solo.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Más Girard (que siempre es poco)


Cuando me pidieron desde Aceprensa una nota sobre René Girard les dije que tenía previsto un artículo para el Diario. No les importó que lo usara como base. Y lo hice. Ha sido muy apasionante ver cómo se expande sólo (con un límite de espacio más generoso) una columna bastante comprimida.

Pero lo más apasionante de todo ha sido sentir físicamente el punto oscuro de la teoría girardiana. La voy explicando paso a paso, deslumbrándome con su perfecta coherencia hasta que llego al momento del asesinato del primer chivo expiatorio, que no termina de entenderse con la claridad cartesiana del resto de los pasos. Y he visto que es normal: porque el crimen siempre es oscuro. Que después, el hecho terrible tuviese un efecto calmante (momentáneo), que se mitificase el acto y se ritualizase, ya vuelve a entenderse. Pero el crimen es un punto ciego.


lunes, 9 de noviembre de 2015

Metacolumnismo


Me ha dejado pensativo un solape periodístico. En el acto de presentación de Ciudadanos dije algo que a mi amigo Gonzalo Altozano le ha servido para su crónica (excelente, por cierto). Cuenta Altozano que esperó a ver si yo lo usaba o no en mi columna (normalita, en verdad), para aprovecharla él, si no, como ha hecho. Y yo, como digo, me he quedado pensando por qué no utilicé la idea para mi artículo, pues está bien y tiene gracia. He deducido que, aunque la columna salga perdiendo, siento cierto rechazo a los juicios de valor demasiado personales. Por supuesto, hablamos de opinión, y yo bien que doy la mía, pero hay un justo medio entre la información objetiva, que se da en otro sitio, y la valoración íntima, que se queda en mi almario. Qué la columna se plante ahí, en esa tierra de nadie, puede quitarle bastante emoción, pero es su sitio, me parece. ¿O no? 


domingo, 8 de noviembre de 2015

Fidelidad


Desde hace unos años, hago una pregunta aristotélica en mis exámenes. No hay año, o mejor, no hay alumno, que no me regale alguna joya en esas respuestas. Este año, sobre la "Fidelidad", el vicio por defecto era "Mujeriego", lo que tenía un sesgo de género más que interesante. Pero el tesoro estaba en el vicio por exceso. La alumna puso "Célibe". O sea, que la fidelidad está muy complicada para los casados. Aunque yo lo que hice fue pedirla, aprovechando la ocasión, para mis amigos célibes.


viernes, 6 de noviembre de 2015

Nuevos ánimos


Lo cuenta Indro Montanelli en Dante y su siglo:

En algunos conventos, los padres priores, para estimular a los religiosos en su trabajo, les garantizaban que cada línea copiada suponía la remisión de un pecado. Y Orderico Vitale, aplicando al pie de la letra esa contabilidad, habla de un fraile que se libró del infierno por el corto margen de una sola letra, que equilibró su cuenta.

Ni que decir tiene que me ha estimulado para picar esta misma cita aquí, copista 2.0; y que me anima, además, a no dejar de escribir ni una sola palabra de las que me están destinadas. Son ánimos que me hacen falta. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

Cementario


—A que el cementerio es la casa donde se hace el cemento —dice mi hijo Enrique.

Lo que reafirma mi intención de llevarlos hoy, a pesar de la lluvia y de su madre, que insiste, con la sensatez que la caracteriza, en que no está el día para pasar al aire libre. Sin embargo, qué verdad más grande ha dicho Quique: el cemento que fortalece nuestros cimientos en la vida. 

Se lo digo.



domingo, 1 de noviembre de 2015

Versos vueltos


Los versos vueltos a lo divino de los franciscanos y los carmelitas del siglo XVI son deliciosos, pero no es un hallazgo técnico. En realidad, conecta con la más íntima verdad de la lectura, que siempre vuelve a lo íntimo lo que nos emociona, líricos reyes Midas. Un precedente bien gracioso de los versos vueltos a lo personal lo ofrece el marqués de Santillana en el "Villancico que hizo el marqués a tres hijas suyas". En la pequeña antología que acaba de publicar Rialp Cincuenta poemas indispensables se ve mejor que bien, pues el villancico del marqués ocupa el número 11 y dos fuentes de su poema se leen en los números 3 y 8.

Canta la segunda marquesita: "La niña que los amores ha / sola, ¿cómo dormirá?", que recoge la Pastorela de Airas Nunes: "quen amores ha /¿cómo dormirá?". Pero qué maravillosas variantes, leves e inagotables. El marqués, por boca de su hija, precisa: es la niña. Muy bien. También precisa con "los" amores. Y sobre todo esa gozada del "sola", tras la suspensión del cambio versal. Hay toda una sabiduría elegante y juguetona. Si los amores son correspondidos y satisfechos, sí que dormiría y bastante bien. El poema adquiere un tono conyugal bastante claro, me parece, y de experiencia de la vida. El marqués sonríe.

Y luego, el delicioso poemita del Cancionero de Peraza: "Suspiró una señora / que yo vi: / ¡ojalá fuese por mí!" Lo recoge Santillana para llorar por la adolescencia irremediable de sus hijas: "Sospirando va la niña / en non por mí, / que yo bien que lo entendí". No queda nada de la temblorosa esperanza del de Peraza, sino una melancólica aceptación de las leyes de la vida. El marqués se emociona.