miércoles, 20 de enero de 2016

Boto de silencio


Me pregunta una amiga: “¿Cómo va tu voto de silencio?” “Boto de alegría”, le respondo. Hacía meses que no leía así.
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A ver si me va a costar más dejar el café que dejar de hablar.
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Para estar callado, mirar el fuego. Enciendo las dos chimeneas de casa y voy de una a otra por puro gusto de viajar. Son muy diferentes. La del salón tiene un fuego alegre, altivo, vivo. La del cuarto de estar es más torpe, a ras de suelo, sin alegría, con muchos humos. Es torpe. Se le desmoronan los troncos a cada rato.
Sin embargo, al final me instalo en ésa. El enternecedor encanto de la torpeza.
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En la comida, Leonor no deja de hablarme y hacerme preguntas. Rompo mi voto y mi boto y me reboto. “Oye, que me han prescrito ‘reposo vocal absoluto’” Se le hace duro estar con “un bulto mudo” [sic] y a mí me asombra que tras 16 años hablándole sin parar hasta el destrozo de mis cuerdas vocales, todavía quiera oír qué le cuento.
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Los niños se portan mejor. Me hablan ellos sin parar. Carmen trae del colegio un interés muy grande por los escorpiones. Están debajo de las piedras, me informa. Pero eso en el campo. En El Puerto debajo de las piedras lo que hay son cangrejos. Ea, más marinera ni Alberti. Y me río en silencio recordando el asombro de las primas de Leonor por el acentazo andaluz de la niña. ¡Si llegan a oírla hablar de cangrehos ebajo lah pieras!
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Ahora que no hablo, me duele más la garganta. Será porque me la miro más.