martes, 19 de enero de 2016

Un nudo en la garganta


Ayer caí presa de mi hipocondría. 

En la cena con mis hijos, disimulando mi angustia, les pregunté: "¿Qué habéis aprendido de papá?", pensando en el recuerdo que les quedaría a ellos, tan chiquititos, los pobres. Carmen levantó la mano rápido, como en el cole, y dijo: "A entrenar duro". Cuando sale a patinar con su madre, no se suelta; y conmigo ("hay que entrenar duro", le digo, en efecto) tiene que ir suelta y, si es menester, cayéndose y levantándose. Bueno, no estaba mal. Le pregunto a Quique, pero es Carmen la que habla por él, que piensa: "Quique, a manejar la tableta". Y también eso es verdad. Pero entonces él, que parece que ha entendido la razón de mi pregunta, me mira a los ojos y dice muy serio: "Tienes que enseñarme a leer".

Se me puso un nudo —analógico— en la garganta.

5 comentarios:

El lejano dijo...

De la época, ya lejana, en que leía libros sobre la educación de los hijos justo antes de tener el primero (luego me di cuenta de que con aplicar la célebre frase San Agustín "Ama y haz lo que quieras" bastaba para semejante menester - como para el resto de los menesteres de la vida), recuerdo uno de los pocos preceptos pedagógicos que yo siempre apliqué: no hay que hablar nunca de sí mismo a los hijos pequeños en tercera persona. No hay, pues, que decir "¿Qué habéis aprendido de papá?", sino "¿Qué habéis aprendido de mí?". No recuerdo ahora las razones de hacerlo pero sí que eran convincentes.

El lejano dijo...

Otra cosa. El otro día hablabas del excelente filósofo francés Fabrice Hadjadj. En Youtube hay muchos videos muy interesantes de conferencias y entrevistas con él. Lo de "manejar la tableta" me ha recordado uno de ellos, en el que Hadjadj explica en 10 minutos, de manera muy convincente, el peligro de todo tipo de pantallas en el desarrollo mental de los niños:

"De l'utilisation des gadgets électroniques"
https://www.youtube.com/watch?v=-cqxLsAPrak

Enrique García-Máiquez dijo...

Muchísimas gracias por sus consejos, muy oportunos ambos, que trataré de seguir. Lo de hablar en tercera persona además es cursi. Pero tengo una excusa. Lo decía con una voz de ultratumba, pensando en lo que ellos se preguntarían a sí mismos cuando yo ya no estuviese. Los hipocondríacos, encima, solemos ser un poco cursis, me doy cuenta ahora mismo.

Anónimo dijo...

Su entrada me ha recordado un episodio con mi hijo, que me apetece compartir consigo, si me lo permite: harto de ver a mi hijo (12 años) con la tablet todo el día, y más harto él de mi insistencia en que lea más, le dije: léete este libro, si te gusta, te doy otro, y si no, no vuelvo a insistirte en lo de leer, pero has de leerlo entero antes de pronunciarte, aunque sea el último. El libro que escogí, no sé bien por qué, fue El libro de las cosas perdidas, de John Connolly. Pues bien, cuando lo acabó me dijo: me ha gustado, ¿me compras otro? El nudo se me hizo también a mí, me puse muy contento.
Yo tuve suerte, acerté con la elección por puro azar, le deseo la misma, no es fácil saber qué recomendar, ni siquiera a un hijo.
Un saludo y gracias por su ameno blog.
Enric

Enrique García-Máiquez dijo...

Qué preciosa anécdota. Bravo por su hijo, también, que aceptó el juego. Leeré ese libro yo también, para que siga la cadena. Mil gracias.