viernes, 22 de enero de 2016

De lejos


Como no puedo gritar, los niños vuelven de la parada corriendo y cruzándose de acera como potritos salvajes. A mí se me salen los ojos de las cuencas de intentar imponer orden con la mirada y chasqueo los dedos y doy patadas al suelo que parezco un homenaje al aniversario de Lola Flores con más salero que el doodle de Google.

Ya en modo flamenco, veo que viene un perro también sin dueño, en sentido contrario. Y, como conozco la afición, entreverada de respeto, de Carmen, me paro a ver qué hace. Y Carmen se para, petrificada, en cuanto ve al perro, hace por arrancarse, se para, y se dirige al fin hacia él en un grácil semicírculo. Cuando ya está cerca, levanta los brazos y, al cruzarse las dos trayectorias, le planta en toda la cruz, dos caricias que son como dos banderillas. Sale muy airosa.

Yo aplaudo. El perro alucina.