viernes, 8 de enero de 2016

Ida


"Ojalá fuera cierta la armonía / entre mi corazón y los avances / tecnológicos", leo a Juan Antonio González Iglesias, nada más dejar un tanto desesperado en el asiento de al lado del Alvia, que todavía va vacío, uno de los gadgets que me han traído los Reyes, y abrir el libro de papel. Es Confiado, y también me lo han traído los Reyes.
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Hay que tener cuidado con el ensayito de Byung-Chul Han, El aroma del tiempo, no caiga en manos de ciertos poetas. Lo pienso porque qué bonito lo que cuenta de que los chinos tienen, junto al reloj de arena, el de sol y la clepsidra, un reloj de aroma. El mecanismo es quemar un dibujo de incienso, que tarda un tiempo medido en arder y mientras lo hace llena de olor el espacio. Cuando acaba, las cenizas han dibujado un verso. Me temo que algunos poetas harían enseguida un poema, y el poema ya está, en el reloj de aroma, en cómo lo cuenta Byung-Chul Han. Hay que evitar redundancias.

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Me sucede justo lo contrario de ese poema de José Luis de la Cuesta que tanto le gusta a Abel Feu. Lo reconstruyó de memoria: De todas las chicas hermosas/ que entraron en el tren/ ninguna se sentó a mi lado/ nunca. [Cuando llegue a casa pondré la versión exacta.] Entra una chica hermosa de esas que se sienten venir desde dos coches del tren más allá, se acerca, se acerca, y, ea, se sienta a mi lado.
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A pesar de todo, voy a tomarme un café. Allí una pareja talludita, haciéndose carantoñas adolescentes y secretitos al oído y hasta mordisquillos en la oreja. Yo remuevo el café y mis dudas: ¿cómo era el amor, ciego o tan perspicaz que ve lo que nadie más? Es una duda bizantina, porque el efecto es el mismo en ambos casos y yo me alegro por ellos.
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A la vuelta, una familia que cogió el tren conmigo en El Puerto y me fijé porque eran muy monos, el matrimonio y los tres hijos, el marido americano, ella española, a la vuelta a mi asiento, digo, los cinco de la familia dormidos, apoyados unos contra otros. Me pareció una imagen bellísima (y apacible, por supuesto) del amor familiar.
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Un anciano escucha en su smartphone y con sus cascos vídeos de rancheras de Rocío Dúrcal.
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El día nublado. Tiene el detalle de guardar la luz del amanecer para los dormilones.
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Mi compañera de asiento estudia lo menos ingeniería química. Ha sacado unos apuntes complejísimos y una calculadora del tamaño de un IPadPro. Supongo que es la ley del equilibrio: yo, sin embargo, leo poesía y me asomo al paisaje bellísimo de Sierra Morena.
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Y pienso en Leonor. Y como una cosa lleva a la otra, se me ocurre este poema.


CONYUGALIA 

Si vieses lo que te quiero
en cuanto salgo de viaje...,
¡no me mandabas tú lejos! 
Paradoja: cuando me pongo a leer el periódico, dejó de escribir estas notas. Me embebo. Me embobo.
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De pronto, mirando de reojo, caigo en que esa moda de los pantalones rotos puede que no sea talmente puro feísmo y menesterosidad. ¿Cabe que sea una nostalgia secreta de la falda?
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El peor achaque de la edad es la envidia. Qué vicio más de viejo.
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A la salida del tren saludo a Juan Marín, líder de C's. Viene a un consejo nacional o como se llame a analizar los resultados. Apuesta por que se repetirán las elecciones. Coincidimos en que a C's no le conviene. Cuando nos separamos, pienso, rabioso, que le tenía que haber preguntado por las intenciones de Susana, él que la trata y apoya. Así no voy a sacar un buen periodista de mí ni aunque me la pongan, como ha sido el caso, como a Fernando VI.

Luego me consuelo pensando que ha sido un gesto de buena indicación innata, que esa pregunta habría sido una grosería. Y todavía más: tampoco habría sabido qué contestarme, porque qué sabe nadie.
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Como solo. Como medio restaurante. Y compruebo la compañía que nos hacemos los solitarios, una compañía tensa, pero entrañable.
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Se me ha perdido el pen en el que traía el material para la conferencia. Tengo que bajármelo de la nube, pero no el preparado para ésta, sino la materia prima, y en una parte me equivoco y bajo la materia oscura, un primer borrador muy antiguo. Encima, con los nervios me confundo y voy a toda pastilla y me disculpo por alargarme y cuando acabo con la frase final que llevaba preparada, un contrafactum del extraordinario final de La fierecilla domada ("Pues muy bien, adelante, has domado una fiera. a--Perdonad, el milagro es que ella consintiera") que rezaba: "Pues muy bien, acabamos la conferencia entera;/ aunque el milagro es que ustedes atendieran". Cuando digo eso, tatachán, final..., me dicen que todavía queda una hora, ¡una hora!, de conferencia.

Más tarde, en la cena, alguien me hará un regalo maravilloso y dirá, a modo (¡encima!) de excusa: "Hay más alegría en dar que en recibir"; pero ahora, ante esos alumnos desconocidos ante los que acabo de representar el auténtico tópico del poeta desastroso, me alegro del regalo de su misericordia. Y de su inteligencia, pues en la hora de tertulia que irremediablemente sigue me demuestran hasta qué punto han entendido y hacen aportaciones muy valiosas en la línea de la interpretación que les he propuesta. Como Borges cuando salió de una representación malísima, pero resumió: "Al final, Shakespeare se abrió camino", eso pasó esa noche: "Shakespeare se abrió camino a pesar de mí". Pocas veces he salido tan contento con tan poco motivo de orgullo personal.


3 comentarios:

Victoria dijo...

Shakespeare, y la Poesía en su totalidad se abren camino gracias a grandes maestros como Vd. Gracias por la clase, redonda, de ayer. Un honor y un placer exquisito su regalo de 3+1 horas tan memorables.
Firmado: una alumna agradecida de corazón.

Anónimo dijo...

Este último año he descubierto por fin a Shakespeare y me he dado cuenta de que para comprenderlo y quererlo es necesario tener una sensibilidad que antes yo no tenía.
Estos Reyes le he regalado a mi hija María (7) la versión de Shakespeare para niños de Mary Lamb.

El Químico

Enrique García-Máiquez dijo...

Muchísimas gracias, Victoria. Es lo que digo en la entrada, que fuisteis buenísimos.
Y yo, amigo químico, también he tardado en descubrir a Shakespeare, y yo creo que esto nos lo diremos siempre, porque es un pozo sin fondo, hondísimo.