domingo, 5 de mayo de 2013

En el jardín de los Finzi-Contini


Tengo que decir la frase tópica: "Me alegro de que me haga esa pregunta". La pregunta es la anónima y última de esta entrada. Yo también creo que ambos poemas se parecen. Van: 
SALTO 

Porque conserva nada más que imágenes 
y no nombres ni datos ni muchos menos fechas, 
de mi memoria amargamente  
me quejaba a menudo, ¿lo recuerdas? 

Pero ahora me alegro, 
pues te veo —no sé cuándo ni cómo— 
muy joven, madre, y muy delgada al borde 
de una piscina azul con un bañador rojo.  

De repente, sonríes, das un salto 
y allí estás y así voy a recordarte 
siempre, alta y elástica, entre el agua y la tierra, 
grácilmente arqueada, suspendida en el aire.  


[E. G-M. Casa propia (Renacimiento, 2010)]
y
REVÉS 

"haciéndolo para siempre" 
(Juan Ramón Jiménez) 

Es el verano del 58. 
Con aquella raqueta de pesada madera, 
blancos camisa y pantalón, devuelves 
con perfecto revés, cruzando bien la pierna 
contraria por delante y sin perder 
la sonrisa de gentleman
una pelota malintencionada. 

Mis once años admiran desde un rincón tu estilo 
invencible, forjado en el césped krausista 
del Instituto-Escuela. Tú tienes —hoy lo sé— 
cuarenta y tres, y estás en el momento 
dorado de tu vida. Un halo heroico 
circunda tu figura.  

No sé qué dirán Newton y las leyes 
del Movimiento, el Tiempo y el Espacio, pero este 
revés irreprochable —tú de blanco radiante, 
tu sonrisa madura y bronceada 
y la pierna cruzada como mandan los cánones— 
está durando ya más de cincuenta años.   
17/18-XI-2010 
[Miguel d'Ors. Átomos y galaxias (Renacimiento, 2013)]

Bien es verdad que se inscriben en un topos que tiene un arranque poderosísimo en Jorge Manrique y que llega hasta ayer mismo con un ejemplo extraordinario, pero entre el poema de Con el tiempo y el de Átomos y galaxias podríamos hacer el juego de las siete diferencias al revés: las siete similitudes. ¿Cuántas habéis detectado vosotros? ¿Queréis un poco más de tiempo? ¿Ya? 

Cuento las que yo veo: para empezar, los títulos, una palabra que es una acción deportiva; las posiciones: el niño que mira, el padre que juega; el protagonismo de la indumentaria; el momento álgido y frívolo retenido, gentleman o delgada bañista; el ambiente y la estación; los dos poemas de tres estrofas y, sobre todo, ambas sonrisas. 

Por supuesto, que hay siete diferencias o más, de las que no saldría demasiado inmune yo: d'Ors tiene mucha mejor memoria (fechas, edades, nombres, datos circundantes); su verso no es tan seco; sus adjetivos —"pelota malintencionada"— llevan la marca de la casa, mientras que los míos brillan por su ausencia; la cita de JRJ, tan justa; el peso de los cincuenta años; Newton; etc. Pero las fechas me permiten tirarme a la piscina y suponer que quizá —venerable tradición aparte— haya relación entre estos poemas: que el mío fue, digamos, el drive o el dive, y el suyo el revés perfecto, como mandan los cánones. 

Independientemente de eso, me hace mucha ilusión que nuestros padres tengan de golple la misma edad (más o menos, mi madre algo más joven, naturalmente) y estén en un ambiente idéntico, como si mi madre se estuviese dando un chapuzón en la piscina mientras don Álvaro remataba su partido de tenis. Por encima del tiempo y el espacio y las generaciones, la magia de dos textos cruzados los ha unido en el jardín de los Finzi-Contini. Sé que ellos se habrían llevado bien. Y Miguel d'Ors y yo de niños, cada cual absorto en lo suyo...


8 comentarios:

el rebelde. dijo...

Si hubieses nacido gallego te habría salido ese último verso de d'Ors. Si d'Ors no hubiese nacido gallego, hubiese sabido quitarse del instante final y haber dejado el recuerdo limpio. Ambos son hermosos, uno proyectándose hacia fuera, el otro hundiéndose en lo profundo.

Enrique García-Máiquez dijo...

Te agradezco muchísimo el "ambos" porque en este caso las dudas saltan a mi lado. Y te agradezco más, aunque está vez con un poco de envidia por no haberlo visto yo, esa diferencia de las dos proyecciones. Olé.

Anónimo dijo...

El parecido es grande: no hace falta ser erudito para ver que 1, de Máiquez, inspiró a 2 de d'Ors. Pero eso es normal en poesía.

Para mí la gran diferencia es que el reluciente tenista devolviendo una pelota malintencionada, sonriendo, en su plenitud de su vida, no me cae simpático; mientras que la madre yéndose como una sirena, sí.

Los dos son muy buenos poemas, por cierto. Felicidades.
J

Anónimo dijo...

A mí me pasa como a J. No es que el tenista no me caiga simpático, sino que d'Ors lo describe, como dice J, demasiado reluciente. Quizá suprimiendo el adjetivo radiante se aligeraría un poco. Pero, él lo vio así, claro, y nada que decir. Ambos poemas, preciosos. Y, el tuyo, muy apropiado para el día de la Madre. BB

Enrique García-Máiquez dijo...

No se te escapa un detalle, BB. Será el noble maridaje de las letras y las armas, incluyendo las navales...

ACdR dijo...

Si J es quien imagino, no me extraña su simpatía; al fin y al cabo, madre no hay más que una. Pero en el primer poema hay sobre todo ternura; en el segundo admiración. Son emociones distintas, pero ambas nobles y merecedoras cada una de su respectivo poema. Y que sigan dando juego por muchos años.

Enrique García-Máiquez dijo...

También es finísima y deslumbrante esa diferencia, ACdR, a la altura —y ya es decir— de la de Rebelde. Punto de saque directo. ¡Ya sospechaba yo que la gracia iba a estar en las siete diferencias...!

Àlex Figueras dijo...

Me ha entusiasmado la atmósfera de los dos poemas, sus paralelismos, la mirada de ambos poetas.
Los he sentido también muy próximos. Si me permites, enlazo el texto que he escrito en mi blog:

http://alexfigueras.blogspot.com.es/2013/05/dos-poetes-finzi-contini.html

(A mí sí me cae simpático el tenista. Quizás porque tiene mi edad de ahora y porque, como tenista amateur, creo que no hay nada más bonito en el mundo del deporte como un revés bien pegado).