viernes, 31 de mayo de 2013

El arte, otro instinto


"¿Qué le gusta mucho a papá?", pregunto a mi hija para que diga: "!Leer!". Pero dice: "¡Sentarse!" En parte, por no perderla de vista (no ha ido al cole por lo de la bronquitis aviar); en parte, para darle ejemplo, me siento —efectivamente— a leer con ella corriendo alrededor. Estoy tratando de enseñarle a leer (a sentarse, si es poco tiempo, ya sabe), y cada vez que pasar por mi lado, la paro en seco y, en el margen del libro, le hago una prueba de comprensión lectora y le suelto una explicación.

No se entusiasma, lo confieso. Gracias a lo cual, logro intervalos cada vez mayores entre interrupción e interrupción. Se ha puesto a jugar a las muñecas con los hierros de las chimenea, que es lo que más tizna de toda la habitación. La pala es la mamá, el gancho el papá y el regulador del tiro el bebé. La escobilla es la escoba. Sin embargo, mi compromiso docente me impulsa a un nuevo intento. Y entonces sobreviene el prodigio. Vuelve hacia mí la cara de la mamá



y dice, casi gritando: "¡Déjame ya tranquila, ¿no ves que estoy muy ocupada?!" La miro, perplejo, asustado, pero Carmen sigue feliz, riéndose. Sola, ha descubierto el arte: transfirió su rabia al títere y ella podía seguir dedicando dulces sonrisas a su sentado papá docente. La lección me la había dado ella. 

Como bajé la vigilancia, sabiendo que ya me había ganado mi día, la perdí de vista. Cuando quise darme cuenta, me encontré con que había dibujado con un rotulador una cara sonriente —y desde luego bastante embobada— en Miseria y compañía de Andrés Trapiello. Ay, en un libro de Trapiello, encima. Pero no me enfadé mucho porque no tenía a mano ningún muñeco para que la riñese de mi parte. Además, fijándome bien en el dibujo quizá sea yo. Lo digo por la sonrisa, por la cara de pan y porque no va ser Andrés el único al que retratan sus hijos, ¿no?

7 comentarios:

Kris Kelvin dijo...

"No hay libro tan malo que no tenga algo bueno"

beatriz m dijo...

Qué bueno, por Dios, qué bueno todo. Los niños de Andrés, cuando niños, acostumbraban a leer a la hora de la siesta, recuerdo haberlo leído en los diarios. Qué bien lo hace todo Trapiello, qué gozoso, o al menos qué bien lo pinta.
Me da cierto consuelo tu fracaso parcial, porque nosotros también lo hemos intentado de todas las maneras, con resultados poco alentadores, y sin saber contarlo con gozo como Andrés, con gracia como usted.
Rogando para que sea cierto lo del ejemplo, a ver.

Anónimo dijo...

A mí no me parece mal la respuesta de la niña. Me recuerda aquel viejo chiste del que dice al médico: Doctor, me siento mal. Y él, tras mirarle bien, le contesta: Qué va, no se preocupe: se sienta usted perfectamente. Que el sentarse es habilidad básica y previa, también para lectores (díganlo las lumbalgias y otros males del oficio), y conviene dominarla antes de pasar a mayores. Las cosas han de ir por sus pasos contados, vaya que sí.

Anónimo dijo...

Si lo piensas, Carmen acaba de convertir tu libro de Andrés Trapiello en un libro de segunda mano. Que son los buenos (por lo menos, los que yo prefiero). BB

José Luis Piquero dijo...

Eso da más valor al libro.
La mía nos dibujaba en las paredes (y sus dibujos siguen ahí).

Consuelo del Val dijo...

Está visto que lo suyo es firmar libros: dentro de unos años me iré fijando en si hay una tal Carmen García-Máiquez en las casetas del Retiro. Ayer, en una de ellas, tuve en mis manos Lepanto y otros poemas, de Renacimiento. Después de hojearlo, codazo de mi novio: "mira quién lo traduce".
Paciencia, papá docente.

Enrique García-Máiquez dijo...

Ese codazo llega hasta aquí en forma de caricia, que es probablemente lo que fue allí, por otra parte.

Agradézcalo, también de mi parte.