domingo, 19 de mayo de 2013

Pentecostés y matrimonio


Mi artículo sobre el matrimonio en NT dio lugar a vivas conversaciones apasionadas, unas virtuales y otras analógicas. De ahí salieron varias cosas: un artículo para el próximo número de Misión en el que, en vez de irme (ay, mi querencia) a lo conyugal, me demoraré en por qué el noviazgo como modelo es una trampa mortal para el matrimonio; y de allí salió, sobre todo, una generosa carta de don Juan Ramón García-Morato Soto explicándonos el contexto y la razón del ansia de la mujer por el marido y el dominio de éste, que constan en el Génesis. 

Nos explica muy bien don Juan que en el principio todo era igualdad y armonía entre el hombre y la mujer. Es el pecado original el que rompe ese orden, e introduce ansias y dominios que no estaban en el plan originario de Dios. Lo que yo matizaría es si la redención de Cristo nos devuelve o no a ese plan originario. Soy más agustiniano: Felix Culpa! 

Jesús no restaura el orden edénico, sino que lo mejora, asumiendo la ruptura. Seguimos muriendo, pero para la resurrección. En esta línea, siempre me ha parecido extraordinaria la idea de George Steiner de que la maldición de Babel no se redime con la vuelta a una sola lengua universal, sino con el fulgurante don de lenguas de Pentecostés: "It would be ironic if the answer to Babel were pidgin and not Pentecost". ¿Quién renunciaría a los idiomas, al placer de aprenderlos, al gran regalo de las traducciones y a las chispas de poesía que saltan en el roce de las lenguas?

A lo mismo, desde mi punto de vista, hay que aspirar en el matrimonio. Coger esas ansias y esas dominaciones y todas nuestras faltas y, a base de sentido del humor, de sentido común, de cultura y de gracia, dar el salto hacia algo mejor, más arduo y más rico, redimido. Las estrategias que yo enumeraba para defender el matrimonio querían ser, de algún modo, como los trucos que despliega el traductor para salvar la poesía del derrumbe de Babel y lograr que salgamos ganando, a pesar de todo. Más que al romanticismo, me faltó recurrir, como Steiner, al don del Espíritu Santo, esencial. Por eso he esperado a Pentecostés para contestar a aquella carta. 


 

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo de las posibilidades que abre el rocede las lenguas me recuerda el memorable modo en que, acerca de esa misma cuestión, cierra el prólogo a su "Cielos e inviernos" Ramón Irigoyen. Después de contar que, aparte de su formación clásica, ha vivido tres años en Grecia, por lo que conoce tanto el griego clásico como el moderno, sigue así: "razón por la cual la Administración me tiene contratado [entonces, aclaro; hace años que dejó la enseñanza] como profesor de latín, lengua que también adoro". Y el glorioso final: "La verdad es que, desde que besé a mi primera novia, adoro todas las lenguas".

Isabel dijo...

Ja, ja, ja, anónimo, muy oportuno.

Anónimo dijo...

Los novios no aceptan de que, esposos mayores, se amarán más. Sí que su amor será de otra manera.
Jilguero

Isabel dijo...

Me gusta la idea, pero no encuentro un ejemplo de la redención del ansia y del dominio. Salvo la idea romántica de la mujer que toma la posición dominante con su feminidad.
Tenemos un ejemplo fugaz del don de lenguas y a Cristo Resucitado. ¿Has encontrado algún ejemplo de la acción del ES en el matrimonio, o crees que es algo que ha de descubrir cada quien?

Acisclo dijo...

Me interesa el tema de los efectos del Pecado Original en la relación varón-mujer. ¿Dónde se puede leer esa carta de García Morato?

Enrique García-Máiquez dijo...

No sé si maneja twitter, pero allí puede pedírselo directamente en @jrgmorato

Y otra opción es mandarme aquí su correo-e, que no publicaré y yo, a vuelta de correo, le mando el texto.

María dijo...

¿Me la mandarías también a mi? Compré su libro y me interesaría también leer la carta.
Muchas gracias, Enrique

Enrique García-Máiquez dijo...

A ti va ya de camino.

Abrazos grandes.