lunes, 7 de marzo de 2011

El tesoro de la memoria






[Entrevista en La Voz de Cádiz, hace cinco años]





A los 92 años, que no representa, Leonor Gómez es la dulzura, la prudencia y la amabilidad en persona. Su prodigiosa memoria guarda el testimonio de un tiempo que no está cronológicamente tan lejos como parece si atendemos al gran cambio que han experimentado las estructuras sociales, los usos y costumbres, la educación, la sociabilidad y tantas otras cosas. En el encanto de Leonor, en sus maneras tan educadas como cordiales, en su acento un poco andaluz, pero no demasiado, incluso en su forma de expresarse, tan rigurosamente correcta, se ven claros los ecos del testimonio de su vida y del tiempo al que pertenece su formación. Cuando en un Cádiz «limpísimo», como ella recuerda, la gente de toda condición compartía un común estilo refinado, dice, elegante, singular sin duda en relación con la estructura de clases de la época y de la Baja Andalucía; producto todavía de un medio cosmopolita, ilustrado, de una ciudad atenta al mundo, abierta a las novedades que venían del extranjero. Una clase de Cádiz, un Cádiz con clase, sin chauvinismos, que aún se puede rastrear en muchos gaditanos, a quienes correspondería, digo yo, hacer algo por reivindicarlo y reinstaurarlo, en contra de la ola de abandono, suciedad, malos modos, de la que todos, por otra parte, nos quejamos. Leonor Gómez nos regala con sus recuerdos valiosos fragmentos de la vida cotidiana del Cádiz de buena parte del siglo XX. Ha sido un placer.
LALIA GLEZ-SANTIAGO

-¿Cómo era la ciudad que usted recuerda?
-El Cádiz de entonces era una preciosidad, una gente educadísima, todos nos conocíamos, nos saludábamos por la calle, todo limpio, limpísimo. Lo pasábamos muy bien, la vida era muy tranquila.

-¿Cómo fue su infancia?
-Íbamos al colegio a Gibraltar, porque mi padre había sido educado en Inglaterra y era muy inglés. Estuvimos seis años en Gibraltar y luego nos mandaron a Inglaterra. Íbamos al Tenis, al Hotel Atlántico, donde había tres orquestas todo el verano, las de Casablanca, de Pasapoga, paraba una, tocaba la otra, y venía a veranear lo mejor de Madrid. Cádiz era un sitio elegantísimo, tranquilísimo. Todo el mundo era educado, todos.

-¿Cómo era la sociedad de entonces?
-Había habido grandes fortunas y los que morían sin hijos eran benefactores: el Hospital Mora lo construyó José Moreno de Mora que trajo un arquitecto de París muy relevante entonces. Hizo también una casita preciosa que era el Sanatorio Madre de Dios, a donde mandaban a reponerse a los niños endeblitos que estaban en la Casa Cuna. Yo me acuerdo que de pequeña íbamos allí a ver a los niños. Tenía un jardín muy bonito. En Puerta de Tierra lo que había era muchísimas huertas, muy poquitas casas. Y la verdura era buenísima, unas alcachofas, alcauciles, como nosotros le decimos, estupendos. Mi tía Elena tenía vacas en La Laguna. Todo aquello lleno de vacas.

-Y eran muy cosmopolitas, viajaban desde jóvenes ¿no?
-Cuando terminé el colegio, en el año 30, salía todos los veranos al extranjero, con la suerte de que conocí toda Europa antes de la II Guerra Mundial. Recuerdo Yugoslavia, las mujeres con los trajes típicos en el campo, los gansos en la carretera.

-¿Eran, además de turismo, viajes formativos?
-Mi tío era muy culto, me llevaba a los museos, a la ópera, a todos los festivales de Wagner, ¡que me aburrían! ¡Con 17 años oír Parsifal! Yo ya no sabía qué hacer con los pies. Pero terminó gustándome Wagner.

-¿Cómo era el ambiente de la ciudad?
-Las niñas no estudiábamos carreras, pero sí idiomas, inglés, francés, y piano, pintura, para lo que se tuviera disposición. Una hermana mía tocaba el violín, y otra el piano, otra dibujaba. Salíamos por la mañana, íbamos a misa, después al Tenis. No se podía ir a la calle con la cabeza descubierta. Por la tarde, sombrero. Volvíamos al Tenis otra vez por la tarde, a casa de las amigas, las Báez, Mary Poole, Mari Pepa Samalea, un montón de niñas.

-¿Dónde vivía?
-Vivíamos en la Alameda, en una casa muy bonita, una de las más antiguas de Cádiz. Éramos diez hermanos, una casa alegre. Comíamos todos juntos en el comedor, las comidas eran sagradas, tocaban un gong y todos teníamos que estar bien vestidos y peinados y comer derechos, sin poner los codos en la mesa lo mismo que ahora. No hablábamos más que cuando nos preguntaban.

-¿Cómo fue su educación?
-Nos educaron muy a la inglesa. Teníamos institutrices en casa, inglesas, aunque la de mis hermanas pequeñas fue alemana, y una española de Valladolid para que aprendiéramos a hablar correctamente castellano. Mi padre era muy aficionado a la música y compuso varias misas, que se cantaban el día de Santa Cecilia, en la iglesia de San Francisco. Cuando mi hermano Carlos hizo la primera comunión también se tocó la misa de papá. Por la tarde venían a casa algunos chicos y chicas y sacaban una botella de vino y se tomaba una copita pequeña, no lo que se bebe ahora. Jugábamos al billar. Estábamos muy vigilados. Mi madre siempre estaba con mi padre, pero teníamos una señora que nos acompañaba. Éramos tres o cuatro, cada una se sentaba en un rincón del salón con el novio, y en el centro la señora con un libro y si el novio se acercaba un poquito más, a la señora le daba un ataque de tos. Un día hubo un apagón y cuando se encendió la luz apareció la doña sentada en medio de los novios.

-¿Cómo vivió la guerra civil?
-La guerra no la pasé aquí, me cogió fuera y no volví hasta el año 38.Viajaba por toda Europa, pero echaba de menos Cádiz. Y Chiclana. Teníamos una casa muy bonita, grande, que había sido del marqués del Retortillo y entonces era de mi tío Luis Gómez Aramburu. Allí pasamos los días más felices, ¡cómo echaba de menos Chiclana! Cada uno de los primos tenía un departamento, los Martínez del Cerro, nosotros los Gómez, Ángel Picardo tenía su cuarto. Ángel Picardo Blázquez era anticuario. Por sus manos pasaron goyas, velázquez, cogió una época que era una maravilla y venían los anticuarios de Munich a comprarle.

-¿Por qué ha habido tantas antigüedades siempre en Cádiz?
-Los que se casaban en el XIX en vez de comprar los muebles en Valencia, o donde fuera, los traían de Londres, de puerta a puerta, del muelle de Londres al muelle de Cádiz. Era más fácil. Por eso hay tanto mueble inglés en Cádiz.

-¿Y de Cuba?
-La madera, las vigas de las casas, que venían de lastre en los barcos, y el mármol de Génova, también. Por los pueblos había maravillas. Cuando se casaba alguna de las muchachas que trabajaban en las casas de las familias gaditanas les regalaban el cuarto. Cuando ellas se hartaban de los muebles los vendían. Había piezas estupendas, chippendale, de los mejores estilos, porque el mueble inglés se adapta muy bien al estilo andaluz.

-Su abuelo, José Esteban Gómez, estaba casado con Luisa, hermana de Micaela Aramburu.
-Recuerdo que nos llevaron a ver a la tía Micaela. Era muy viejecita, muy cuidada, con el pelo blanco, ondulado, vestida de negro, muy sobrio pero muy elegante. Estaban en plena tertulia y ella en un rinconcito, creo que en una silla de ruedas. Se había quedado ciega y nos tocaba la cara cuando le decían quiénes éramos. Fue una de las grandes benefactoras de la ciudad, junto con su marido, José Moreno de Mora. No sólo hizo el hospital de Mora, sino también otros pequeños hospitales por muchos pueblos de la provincia. Todos ellos tienen una calle o una plaza Moreno de Mora, en agradecimiento.

-¿Qué le ha parecido el legado de Carmen Martínez de Pinillos al Museo? 
-A mí me parece que se ha portado como una gaditana estupenda. Todos los gaditanos que tenían grandes fortunas y no tenían hijos hicieron grandes cosas por la ciudad, como Ana de Viya o Elias Ahuja.

-Y hace poco también, Micaela Aramburu.
-Mi prima Micaela era una amiga maravillosa, la echo mucho de menos, hablábamos a diario. El cuadro de Zuloaga que donó al Museo es precioso.

-¿Cómo era Carmen Martínez de Pinillos?
-Carmen Martínez de Pinillos era simpática, inteligente, tenía gracia. Escribía muy bien. La donación de su casa al Museo significa que su legado va a ser para Cádiz.

-Cuénteme de José Villar, su marido, un médico que tuvo una larga dedicación y a quien aún mucha gente recuerda bien.
-Era un hombre cultísimo, tenía una biblioteca inmensa, que repartí a su muerte. Los libros de medicina los tiene mi nieto Jaime, que va a ser un médico tan bueno y tan humano como su abuelo, y los demás se los dividieron dos de mis hijas. Cuando llegó la mudanza a Madrid les preguntaban si iban a poner una tienda de libros. Pepe tenía relaciones con todos los grandes médicos de su época, con Severo Ochoa, Grande Covián. Era muy amigo de Laín Entralgo, que venía a Cádiz todos los veranos; de Américo Castro, a quien acompañó ya muy mayor, de visita a Véjer. Conocía a Marañón, a Jiménez Díaz.

-¿Quiénes fueron sus maestros?
-Él fue adjunto de Rodrigo Lavín. Estuvo 20 años encargado de la cátedra de fisiología, y unos años en piel. Siempre en Cádiz, aunque sus amigos se lo querían llevar para Madrid. Obtuvo muchas condecoraciones, algunas extranjeras, brasileña, argentina, venezolana, y poseía la más alta que da la Marina de Estados Unidos a los civiles. El día que se la dieron fue el infante de Sanlúcar, el gobernador, alcaldes, había formado la Infantería de Marina… Le dije: «Pepe, me siento como el día de mi boda». Y él me respondió: «y yo me siento como Glenn», porque fue el día que Glenn volvió de la Luna.

-¿Qué queda de todo aquello?
-Cádiz ha cambiado mucho, no quiero ofender a nadie. Entonces la gente era finísima, la gente del pueblo. Las mujeres parecían señoras, cómo hablaban, cómo vestían, cómo se comportaban. Era un refinamiento que no había ni en Madrid. En su mayor parte eran comerciantes, no había apenas nobleza.

-¿Es cierto que era un espíritu más liberal que en otras ciudades de su entorno?
-Uno de mis tíos, hermano de mi padre, era jefe del Partido Liberal y otro del Conservador. La mitad del siglo XIX Cádiz fue gobernada por los Gómez Aramburu. Cuando no era uno era otro. Una vez hasta se dieron un bastonazo por la calle. Aunque se querían mucho.

-¿Y el ambiente cultural?
-Había cine de verano, también teatro de verano, en la plaza de España, cuando no estaba terminado el monumento, donde representaban obras de Muñoz Seca, los Quintero. Nos reíamos muchísimo. Quedaba aún alguna tertulia, en casa de mi tío Luis, donde se hablaba de todo, pero no de una manera profunda.

-¿Y la postguerra?
-Cuando volví en el 38, llamé a doña Consuelo, que era la señora que nos acompañaba, para ir a misa y salieron mis hermanas diciéndome: "¡ahora salimos solas, ahora salimos solas! Y sin sombreros".

-¿Cómo cambió la ciudad?
-Durante la guerra vino a Cádiz gente de toda España. Por ejemplo, se llenó de nobleza catalana. El comercio era muy bueno. Preguntabas cuánto es y decían: «aquí no hay prisa»... ya mandarían la cuenta.

-¿Cuáles eran los mejores?
-Había uno en la calle Ancha que se llamaba Tobías, quizás fuera de origen judío. Era un señor muy fino, muy bien vestido, con unos lentecitos, que te salía a despedir a la puerta, y cuando llegabas te ponía una silla y enseñaba todas las piezas de tela para que escogieras. También estaba Domínguez, en la plaza del Palillero. Allí estaba la única mujer dependienta de todas las tiendas de Cádiz. Se llamaba de apellido Gomila, era listísima.

-¿Que recuerda de la posguerra?
-Muchísima hambre. Es que no había comida. A nosotros delante de una revista americana viendo un jamón se nos caían dos lágrimas. No había café, no había pan, ni arroz. Cuando pidieron a mi hermana Isabel, que se casó con el duque de Peñaranda, vino doña Sol, la hermana del duque de Alba, y mi madre mandó con 300 pesetas de aquella época a que buscaran café, y no lo encontraron. Volvieron con las 300 pesetas. Consiguió pan blanco de una estraperlista, de las que iban con unos grandes bolsillos donde escondían las cosas, y dijo doña Sol: «¡Pan blanco!»

-¿Recuerda que llegaran refugiados?
-Vinieron muchos jóvenes judíos. ¡Cómo los atendimos! Nos señalamos mucho durante la guerra, porque todo Cádiz era germanófilo y mi padre y Pepe eran anglófilos. Vino el gobernador de Gibraltar a Cádiz, le dieron una cena en el Hotel Atlántico y no fue nadie más que las autoridades, que tenían que ir, Micaela Aramburu, mi padre, Pepe y yo. Cuando cayó un avión en Chiclana, en la huerta de las Bolas, que era de los Lacave, fuimos a socorrerlo, estaban allí los pilotos quemando unos mapas, y los llevamos al Retortillo, donde los recogió el cónsul inglés.

-¿Cómo eran los refugiados?
-Eran banqueros y gente muy bien que quisieron sacar a sus hijos de Alemania, y algunos de Italia. Iban camino de América y partieron en unos barcos que se llamaban Avemar y Montemar, en unas condiciones malísimas, y les cobraron un dineral. Recuerdo uno, muy joven y guapo que se llamaba Nicky Voguel, de la familia editora de la revista Vogue. Se enamoró de mi hermana Aurora. Quería ser artista de cine. Tenían su propia orquesta, tocaron aquí por primera vez el booguie-booguie.

-¿Recuerda que vinieran nazis?
-Cuando una vez vinieron las Juventudes Hitlerianas a Capitanía, nos invitó la mujer del almirante, que era cuñada de la mujer de mi tío Juanelo, y mi padre no quiso que fuéramos…, pero no hablemos de política.

-¿Y el Carnaval?
-Nos sentábamos en la calle Ancha y veíamos pasar el Carnaval, y las chirigotas, que decían muchas verdulerías, pero ninguna palabra malsonante.

9 comentarios:

cb dijo...

Qué delicia. La anécdota del bastonazo,aunque se querían mucho, y la doña que aparece en medio de los novios, y Glenn... Qué buena narradora. Y qué guapa.

Alfaraz dijo...

A mi también me ha parecido que la entrevista no tiene desperdicio, con todo ese Cádiz como de una novela de Manuel Halcón.
Y ya dejó escrito Elizabeth Bibesco -a propósito de un medio gaditano, por cierto- que aquellos que quisimos ya viven para siempre con nosotros. Léase Leonor Gómez.



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E. G-Máiquez dijo...

Muchísimas gracias a ambos. O a los tres, porque Elizabeth Bibesco también acompaña.

Ignacio Trujillo dijo...

Me ha encantado la entrevista.!Que graciosa ingenuidad, que refinamiento¡ Sentireis mucho esta pérdida¡como no!. El consuelo es es que una gran parte de esa bondadosa y amable distinción nunca se pierden y pervivarán siempre, por tu mujer, como renuevos de olivos, en tu hija Carmen...¡y el resto de la pandilla!

Javier de Navascués dijo...

Preciosa entrevista de principio a fin.

Anónimo dijo...

Qué fino eso de "se hablaba de todo, pero no en profundidad".

Anónimo dijo...

Muchísimas gracias Enrique por recuperar esta maravillosa entrevista. Por un momento he podido rememorar lo que disfrutaba de las conversaciones con esta mujer extraordinaria.

charo barrios dijo...

Interesante entrevista de principio a fin.

Juan Mazoy dijo...

¡Qué maravilla! ¡Qué persona tan deliciosa! Y la entrevista, fantástica. Un soplo de aire fresco, que buena falta nos hace. Volveré a ella a menudo.

Muchas gracias, Enrique, por este regalo.

Un abrazo.