viernes, 25 de marzo de 2011

Día envuelto con dos cintas

Desde el avión, cuanto más subía, más cerca veía el Guadalquivir. A contraluz, una cinta de plata. Tan brillante, que no me iba a servir para un poema, desde luego, pero ni siquiera para un artículo o para el blogg, me lamenté. La realidad, a menudo, es demasiado bonita para ser verosímil.

El nombre del avión y su dibujillo me pareció todo un detalle de Iberia (o de la Providencia) para un poeta de jardín que anda releyendo, precisamente, a la Dickinson. 




¿Iba a Madrid? ¿Es ir a Madrid ir a Madrid y no visitar El Prado (y a Jaime tendido allí, entre tantas sensualidades, perfectamente vestido, como en un cuadro, con perdón, de Manet), es ir, ir sin tomarme un café y un croissant y un zumo de naranja natural en Atocha en un cuarto de hora con Cereijo (¡gracias!), ni dejarme recoger y llevar a todas partes por Kiko M-M, ni saludar un poco a mi suegra, ni pagar (en todos los sentidos) visita a Hiperión, quiero decir, a Susana, ni cabrearme en La Casa del Libro, ni cruzar la plaza de España entre palomas y chicas tomando el sol talmente como en provincias, ni charlar a contrarreloj
 con David Arias, mientras visitamos su casa y la de algún amigo suyo y un club, ni cenar en el piso de soltero, ni ver si veo entre horas a CB, ni soñar, sueños son, con una copa con los viejos amigos de Navarra, es o no es ir a Madrid?

A pesar de mis sesudas reflexiones tuve tiempo de repasar mi clase. Para hablar de lo que un poeta, a pesar de todo, aporta a su país, además de citar a Ezra Pound, recitaría a Antonio Machado:

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. 
                                                [“Retrato”] 
y a Rafael Alberti: 
Aquella tierra con nosotros
no fue lo buena que quisimos.
Cuántas cosas en ella dejamos.
Cuánto le dimos, amigo. 
                      [“A Pedro Salinas”] 
En un primer momento, me extrañó que, a pesar del paisanaje y la admiración, lo de Alberti me sonase tan antipatiquísimo, mientras que lo de Machado desprendía una dignidad indiscutible. De pronto, en el avión, caí en la diferencia. Alberti exige y exagera: quiere que España ("aquella tierra", señala desde el Paraná) hubiese sido más buena con Pedro Salinas y con él, ea, y presume de que le dieron “cuántas cosas”, cuántas, uf. Don Antonio Machado no pide nada, nada, y sólo dice que ha dado y le debemos lo que ha dado y le debemos: lo que ha escrito. Es la diferencia que va entre un señor y un señorito. (Pues bien, a pesar de verlo tan claro, casi sin solución de continuidad, esa tarde me puse exigentito, que no aprendo ni de mis propias clases.)

Corrí, di (la clase) y volví (a Barajas). No vencí, pero no se trataba de eso: disfrutí.

El avión de vuelta no sé cómo se llamaba, pero por el retraso ya podía ser “mochuelo” o “lechuzo”. Y de eso no me quejé, que me vino muy bien. Había llegado a Barajas sin resuello por la clase y por la hora, y pude respirar. Hondo.



Y respirar más y más.Y tras respirar, resoplar.

Al final (muy al final) despegamos. Por la ventanilla, una autopista iluminada parecía una cinta de oro, hasta con sus lazos perfectamente hechos, que eran los cambios de sentido.

Y supe dos cosas: que tendría que empezar con lo de la cinta de plata del Guadalquivir, por amor a la simetría. Y que, en definitiva, Madrid tiene más placeres, Horacio, de los que añoraba mi amor por las dulces rutinas. 






6 comentarios:

Dal dijo...

"La realidad, a menudo, es demasiado bonita para ser verosímil".

Precioso y profundo. Me recuerda al shakesperiano:

"There are more things in heaven and earth, Horatio,
than are dreamt of in your philosophy"
.

Hay que tener cuidado con esto de no verse no vaya, como sucedía con el hábito de no darle el Nobel a Borges, a convertirse en una tradición.

Preciosa entrada. Fuerte abrazo.

María dijo...

Precioso. Muy logrado. Y los alumnos ¿Cómo se quedaron tras la lectura del "libro"?
Que descanses.

Anónimo dijo...

Por alusiones: no se sienta obligado el amigo Enrique a ver a la gente como si el hacerlo fuera eso, una obligación. Llame a este perro desollado (es cita de Gil de Biedma) cuando sus tiempos, ganas y ocasiones se lo permitan. Si no somos libres ni con los buenos amigos, ¿cuándo cuernos vamos a serlo?

Y felicidades por la entrada (y por la compañía de la Dickinson -qué grande era, digo es-), y gracias por el enlace.

José Cereijo

Carlos RM dijo...

Disfrutí, ¡qué hallazgo!

Susana dijo...

Pero los cotidianos te echamos de menos...

E. G-Máiquez dijo...

Muchas gracias, Susana. La que no ha dicho esta boca es mía es mi suegra, por cierto.