miércoles, 26 de abril de 2006

Cómo no adelgazar con esfuerzo


Ahora que se acabaron la Cuaresma y la Semana Santa, empieza el tiempo del ayuno y el abstinencia. Cuando termina una vacación, toca pensar en la próxima, y ya es el veraneo el que ocupa nuestra imaginación. Y no nos imaginamos, no, de ningún modo, rollizos por la playa. Urge perder estos kilos de más.

Pero eso, como todo, es más fácil de decir que de hacer. O no, porque empezar a hacerlo es sencillísimo. Las primeras horas de un régimen son de una felicidad total: uno se siente atlético, respira mejor y oye los rumores de aprobación que su futura esbeltez provocará en los compañeros (y compañeras, desde luego) de trabajo. Sólo por esos iniciales instantes de optimismo tal vez compensa ponerse a régimen.

Al principio, si el régimen es el de la sandía o el del pollo o el de los batidos, a uno hasta le gustan las sandías, los pollos o, incluso, los batidos. Hasta que acaba abatido. Pronto. A la segunda o a la tercera toma está que no puede ver una sandía ni en pintura. Entonces se da cuenta de que tuvo que haber optado por el régimen del pollo, que era el bueno. Con suerte, si algún vecino decidió hacerlo, podrá cambiar los quince kilos de sandías que amontonó en la nevera por los pollos del otro, que ya debe haber decidido pasarse al de la fruta.

Los más perspicaces terminan dándose cuenta de que el problema no es estrictamente dietético sino psicológico, y abandonan el estudio del método de Montignac, que requiere más horas que el de Descartes, tiran las fotocopias con un menú frugal para un mes eterno, y se ponen en manos de hipnóticos, de cienciólogos disociados o de acupunturistas. O cuelgan una foto de cuando delgados a la puerta de la despensa. Sabios métodos que, hay que reconocerlo, tienen una enorme eficacia durante las primeras horas. A la hora de cenar, los efectos, sin embargo, han desaparecido por completo.

Yo, después de haber pasado —fugazmente, salta a la vista— por estas experiencias, he desarrollado una hipótesis. Lo que engorda es ponerse a adelgazar. La irrefutable prueba es que ningún delgado de los que conozco (y envidio) se puso nunca a dieta. Y viceversa: en cuanto se empeña uno en adelgazar, no puede dejar de dar vueltas a las calorías y a si tiene o no tiene hambre y a cómo lo lleva. El resultado es que, antes que después, está abriendo la nevera. Es como aquel juego endiablado que consiste en prometerle un regalo a un niño si es capaz de no pensar en nada: resulta imposible, porque para no pensar en nada hay que pensar en no pensar… Por su propia lógica, un régimen te obsesiona con la comida, y el obseso acaba obeso.

Lo mejor, háganme caso, es no darle al físico tanta importancia, que él se cuida con un poco de deporte. Además, antes del verano, tenemos aquí encima nuestra realidad nacional, esto es, las ferias sucesivas. ¡Y qué grandes tapas!

[Artículo publicado hoy en el Grupo Joly]
P. D. Preparando la entrada que me solicitó don Álvaro Villalobos sobre la relación entre el haiku y la greguería, ya enviado este artículo, encontré esta frase de Soler y Pérez, que me habría sido de gran utilidad para defender mi tesis. Dice: "Aquella niña se ponía cada vez más gorda, de la satisfacción que le daba ir adelgazando". Lo mismo me pasó a mí cada vez que hice régimen.

7 comentarios:

Fernando do Vale dijo...

Debido a que las nuevas tecnologías no han llegado a casa -por costosas- y a que no tengo muchas posibilidades de entrar en este maravilloso cuaderno en otros terminales, he estado ausente durante 3 días. Las nuevas entradas producidas me abruman porque me da la impresión de que llego tarde y de que la conversación está vendida. Así que aprovecho para saludar(os) y para recordar a todos que ayer fue fiesta nacional en mi Portugal natal: 25 de Abril, revolución de los claveles. La última revolución romántica -sin derramamietno de sangre salvo los caidos en el cuartel do Carmo, por un desajuste- y en la que con independencia de la ideología que la inspiró, sirvió para derrocar a la dictadura instalada. Os recomiendo a todos que con tal motivo escuchéis el "Grándola vila morena" de Luis Alfonso. viva Portugal libre! si me lo permiten.
Un abrazo fuerte, amigo Enrique. He traducido algo más de Almada, ya lo colgaré si os place.

Fernando do Vale dijo...

Perdón por no hacer referencia a tu buen artículo, por ir a lo mío. Pero apenas tengo tiempo de más. Un saludo.

E. G-Máiquez dijo...

Pase, por supuesto, que no me digas nada de mi artículo. Puedo consolarme pensando que gracias a tu esbelta figura, el tema no te interesa. Pero cómo perdonarte que no digas nada del estupendo sello chestertochecoslovaco. Vale su peso (sí, sí, su peso) en oro, ¿no?

Juan Luis de Soria dijo...

¿Es que Fernando do Vale Santeiro tiene cinturita de avispa? ¡Queremos foto ya!

fernando do vale dijo...

Eu sou do tamanho do que vejo e nâo do tamanho da minha cintura.

Fernando do Vale dijo...

Lamento que este/a señor/a haya suplantado mi personalidad al igual que han hecho con VLM. Aviso para navegantes: sólo utilizo el portugués en la intimidad. Además,los comentarios sobre mi grácil figura los dejo para la web health&fitness.com. Un saludo, también para el impostor.

E. G-Máiquez dijo...

Lástima; porque la frase de tu impostor era buenísima, ¿no?