viernes, 17 de diciembre de 2010
Traer carbón
Los profesores discutimos a menudo qué es lo peor de nuestro trabajo. Lo mejor está claro: julio y agosto. El puesto pésimo se lo disputan corregir exámenes, el creciente papeleo administrativo y los problemas de disciplina en el aula. Yo suelo votar por el papelón administrativo, pero ahora, con montañas de exámenes malísimos que corregir, dudo. La cantidad es lo de menos. Sufre sobre todo la autoestima: “¡Esto es lo que les he enseñado, ay, tras un trimestre desgañitándome!” y sufre la misericordia: “Qué pena dejarles una calabaza o carbón por navidades a estos alumnos tan simpáticos, en el fondo”. ¡Qué admiración a Dios, nuevamente! A Él, que sabe ser a la vez justo y misericordioso.
jueves, 16 de diciembre de 2010
He shall reign for ever and ever
miércoles, 15 de diciembre de 2010
El sexo y el ángel
Esperaba para daros la buena noticia bomba, la bomba bis, la noticia de nuestro estado bueno de nueva esperanza, esperaba, digo, a saber el sexo de la criatura. Al saberlo, se concreta la personalidad del nasciturus. El sexo (que tienen desde el primer momento) humaniza. Pero nuestra criatura se resiste a revelarse. Carmen no tuvo tantos prejuicios, pero éste o ésta está resultando muy pudoroso o pudorosa, y se esconde. El ginecólogo no logra ver nada, y, mientras, los amigos se van enterando por ahí, en vez de por aquí, que es el official web site. Pero ¿qué podía hacer?
Hasta que en la última visita al médico, éste se asustó con no sé qué medida, y mantuvo unos tensos minutos de silencio. Yo aproveché para rezar al ángel de la guarda del niño con mucha intensidad y… ¡eureka! No sólo fue una falsa alarma y todo va bien, sino que desde entonces ya está personadísimo en nuestra vida, aunque todavía no sepamos su sexo. El ángel como agente humanizador, también.
Hasta que en la última visita al médico, éste se asustó con no sé qué medida, y mantuvo unos tensos minutos de silencio. Yo aproveché para rezar al ángel de la guarda del niño con mucha intensidad y… ¡eureka! No sólo fue una falsa alarma y todo va bien, sino que desde entonces ya está personadísimo en nuestra vida, aunque todavía no sepamos su sexo. El ángel como agente humanizador, también.
martes, 14 de diciembre de 2010
Uf
Algo me pasa con el lenguaje, que no está superando mis pruebas de estrés. No sólo 'juro y perjuro'. Mi hermano Jaime no tenía carnet de conducir, lo cual era un mérito poético-bohemio, pero un incordio cotidiano. Ayer aprobó el teórico, y yo, por teléfono, le felicitaba muy alborozado. Dije: "Y como sabes conducir, pues ya prácticamente tienes el carnet..." Jaime, a pesar de su respeto por mi primogenitura, atajó: "Hombre, prácticamente es justo lo que me falta". Uf, y a mí finura.
lunes, 13 de diciembre de 2010
Guay o no guay, ésa es la cuestión
La pregunta no es retórica. Es una petición de socorro con todas las de la ley. No sé si atreverme con el guay en esta traducción (v.o. en comentrario) de un poema satírico de G.K.C. :
Nuestras exportaciones, muy bien etiquetadas,ACTUALIZACIÓN.- El guay ha muerto, qué caray. Es lo que hay. A cambio, esto sí, sin duda, qué guay.
hasta la última esquina del mundo son llevadas.
El jabón o el salmón pueden viajar muy bien
de un polo a otro en latas, y en un santiamén.
Así, los comerciantes ingleses pueden ya
aguarle la cerveza a un hombre en Canadá
o envenenar la carne de un hombre de Bombay.
Eso celebra el Día del Imperio, qué guay.
Juro y perjuro
Me desespero y con el puño apretado y los pelos de punta y los nervios chasqueando, clamo a quien me quiera oír y a Leonor, que quiera o no quiera, me tiene que oír: “¡Juro y perjuro que no volveré a pasar angustia, que no volverá aceptar jamás ningún embolado literario, ni una traducción ni un prólogo ni una presentación ni nada de nada…!” De pronto, reparo en mi lapsus linguae y me hago gracia. Ya veo que en el fondo sé que seguiré metiéndome en líos, ay. Además, parece que el “juro”, por asociación automática, trae casi pegado el “perjuro”. Con razón nos aconsejó el Maestro que nos dejásemos de juramentos y perjuramentos y parajuramentos y que nuestro sí fuese sí, y el no, no. Y otro maestro, que aprendiésemos a decir que “no”, aunque pasan los años, y no, no aprendo, no.
domingo, 12 de diciembre de 2010
sábado, 11 de diciembre de 2010
Rosales, en la segunda fila
Suele ser queja muy habitual que los escritores de derechas gozan de menos predicamento que los de izquierdas. Y entre los airados ejemplos, sale a relucir invariablemente Luis Rosales, de cuyo nacimiento celebramos el centenario este año.
Aunque ganó premios de postín, entre ellos el Cervantes, nada menos; y fue académico de la Española; y publicó en las más importantes editoriales; y tuvo siempre alrededor un puñado de admiradores rendidos; y aunque, lo que es más raro, fue un poeta auténtico y poderoso, es verdad que la figura de Rosales ha quedado un tanto desdibujada y brumosa, en una segunda fila. Dos ejemplos. En Madrid, el poeta vivió en la calle Altamirano, donde sucede su libro capital, La casa encendida. En esa calle hay una espléndida librería literaria que se llama… “Rafael Alberti”. En Granada, en la casa familiar de los Rosales, donde transcurre buena parte del libro El contenido del corazón, hay, ahora, un restaurante exquisito, que se llama… “El rincón de Lorca”. ¿A qué se deben esas pretericiones?
En 1936 su amigo García Lorca se refugió en su casa, de la que fueron a arrancarle, y Luis Rosales trató de salvarle con riesgo de su propia vida. A partir de entonces y hasta el final de sus días, sin embargo, tuvo que soportar todo tipo de acusaciones, directas o veladas. Dispuesto a no sacar rédito de aquella canallada, calló; y aquí cometió un fallo de “política comunicativa”. Su silencio, hecho de dignidad ofendida y de meticuloso respeto a los muertos, acabo pareciendo el mutismo de una conciencia culpable.
Por otra parte, su propia evolución política, pasando de su inicial catolicismo al falangismo y, luego, al escepticismo y, finalmente, al monarquismo (llegó a pertenecer al Consejo de don Juan), hizo difícil que con él se identificará ningún grupo ideológico. Desconcertaba a todos. Otros escritores falangistas (Sánchez-Mazas, Panero, Foxá, García Serrano) han tenido en el fervor de unos cuantos lectores (no en los reconocimientos oficiales de los que, ya digo, Luis Rosales no puede quejarse) mejor suerte. Quizá ningún sector ideológico pueda identificarse con un elusivo Rosales, definido por Pablo Neruda como “gran antipolítico”.
Pero en lo literario Rosales tampoco dio facilidades. Lo suyo es una constante evolución. En Abril (1936) dio comienzo al soneto garcilasista que tanto éxito tendría tras la guerra civil, pero él apenas reincidiría. En Rimas (1951) pasó al poema existencial, confusa la historia y clara la pena; y, para mayor confusión, ese libro anterior se publicaría con posterioridad a La casa encendida (1949), eclipsando parcialmente su radical novedad. Ese logro se había conseguido gracias al trabajo de un extraordinario libro de poemas en prosa sobre la muerte de la madre, titulado El contenido del corazón, que se publicó veinte años después de escrito: en 1969, con lo que la línea del desarrollo quedaba enterrada. Las desordenadas publicaciones iban seguidas de largos años de silencio. Su carrera literaria acabó con un proyecto hercúleo, llamado La carta entera, que quedó incompleta. Iba a ser una tetralogía de poesía total, que anudaba narración, ensayo y autobiografía con un versículo poderoso, a ratos surrealizante, a ratos humorístico, siempre trágico. Dio las tres primeras entregas, dejando la última inédita. Ésta tenía un título profético de resonancias lorquianas: Nueva York después de muerto.
La profesora Noemí Montetes-Mairal acaba de editar en Cátedra tres libros de Rosales en un volumen: Rimas / La casa encendida / El contenido del corazón. La experta añade dos motivos más que explican el misterio de por qué Luis Rosales no está en la primerísima línea de poetas españoles, a pesar de su calidad y de su condición de cabeza de la generación del 36.
Revisaba sus versos de una manera compulsiva, de manera que hay muchas versiones distintas en periódicos y revistas, además de las variantes entre diversas ediciones. Eso ha forjado un laberinto para cualquier estudioso. La asombrosa falta de estudios críticos quizá venga explicada, por tanto, por cierta prudencia profesoral.
Por otra parte, Rosales es un poeta que queda mal en las antologías. Su obra es unitaria y entre narrativa y cinematográfica. En foto fija, se le entiende mal. Pero el público de poesía suele seleccionar en antologías a los autores que leerá luego con más detenimiento.
Son explicaciones muy inteligentes y ciertas; aunque no excusas absolutas para no adentrarse en una obra esencial. Ahora, que la política de su tiempo se ha apagado y, sobre todo, que podemos ir encajando en su sitio las desordenadas piezas de sus libros, debería verse clara la importancia y la coherencia de su poesía. Quizá para escribirla el autor necesitó un cierto esquinamiento y ese dolor que la cruza de parte a parte. Hemos de estar muy agradecidos, si fue para eso, a la extraña dosis de marginación que Luis Rosales supo atraerse con habilidad implacable. Su obra merece la pena.
Aunque ganó premios de postín, entre ellos el Cervantes, nada menos; y fue académico de la Española; y publicó en las más importantes editoriales; y tuvo siempre alrededor un puñado de admiradores rendidos; y aunque, lo que es más raro, fue un poeta auténtico y poderoso, es verdad que la figura de Rosales ha quedado un tanto desdibujada y brumosa, en una segunda fila. Dos ejemplos. En Madrid, el poeta vivió en la calle Altamirano, donde sucede su libro capital, La casa encendida. En esa calle hay una espléndida librería literaria que se llama… “Rafael Alberti”. En Granada, en la casa familiar de los Rosales, donde transcurre buena parte del libro El contenido del corazón, hay, ahora, un restaurante exquisito, que se llama… “El rincón de Lorca”. ¿A qué se deben esas pretericiones?
En 1936 su amigo García Lorca se refugió en su casa, de la que fueron a arrancarle, y Luis Rosales trató de salvarle con riesgo de su propia vida. A partir de entonces y hasta el final de sus días, sin embargo, tuvo que soportar todo tipo de acusaciones, directas o veladas. Dispuesto a no sacar rédito de aquella canallada, calló; y aquí cometió un fallo de “política comunicativa”. Su silencio, hecho de dignidad ofendida y de meticuloso respeto a los muertos, acabo pareciendo el mutismo de una conciencia culpable.
Por otra parte, su propia evolución política, pasando de su inicial catolicismo al falangismo y, luego, al escepticismo y, finalmente, al monarquismo (llegó a pertenecer al Consejo de don Juan), hizo difícil que con él se identificará ningún grupo ideológico. Desconcertaba a todos. Otros escritores falangistas (Sánchez-Mazas, Panero, Foxá, García Serrano) han tenido en el fervor de unos cuantos lectores (no en los reconocimientos oficiales de los que, ya digo, Luis Rosales no puede quejarse) mejor suerte. Quizá ningún sector ideológico pueda identificarse con un elusivo Rosales, definido por Pablo Neruda como “gran antipolítico”.
Pero en lo literario Rosales tampoco dio facilidades. Lo suyo es una constante evolución. En Abril (1936) dio comienzo al soneto garcilasista que tanto éxito tendría tras la guerra civil, pero él apenas reincidiría. En Rimas (1951) pasó al poema existencial, confusa la historia y clara la pena; y, para mayor confusión, ese libro anterior se publicaría con posterioridad a La casa encendida (1949), eclipsando parcialmente su radical novedad. Ese logro se había conseguido gracias al trabajo de un extraordinario libro de poemas en prosa sobre la muerte de la madre, titulado El contenido del corazón, que se publicó veinte años después de escrito: en 1969, con lo que la línea del desarrollo quedaba enterrada. Las desordenadas publicaciones iban seguidas de largos años de silencio. Su carrera literaria acabó con un proyecto hercúleo, llamado La carta entera, que quedó incompleta. Iba a ser una tetralogía de poesía total, que anudaba narración, ensayo y autobiografía con un versículo poderoso, a ratos surrealizante, a ratos humorístico, siempre trágico. Dio las tres primeras entregas, dejando la última inédita. Ésta tenía un título profético de resonancias lorquianas: Nueva York después de muerto.
La profesora Noemí Montetes-Mairal acaba de editar en Cátedra tres libros de Rosales en un volumen: Rimas / La casa encendida / El contenido del corazón. La experta añade dos motivos más que explican el misterio de por qué Luis Rosales no está en la primerísima línea de poetas españoles, a pesar de su calidad y de su condición de cabeza de la generación del 36.
Revisaba sus versos de una manera compulsiva, de manera que hay muchas versiones distintas en periódicos y revistas, además de las variantes entre diversas ediciones. Eso ha forjado un laberinto para cualquier estudioso. La asombrosa falta de estudios críticos quizá venga explicada, por tanto, por cierta prudencia profesoral.
Por otra parte, Rosales es un poeta que queda mal en las antologías. Su obra es unitaria y entre narrativa y cinematográfica. En foto fija, se le entiende mal. Pero el público de poesía suele seleccionar en antologías a los autores que leerá luego con más detenimiento.
Son explicaciones muy inteligentes y ciertas; aunque no excusas absolutas para no adentrarse en una obra esencial. Ahora, que la política de su tiempo se ha apagado y, sobre todo, que podemos ir encajando en su sitio las desordenadas piezas de sus libros, debería verse clara la importancia y la coherencia de su poesía. Quizá para escribirla el autor necesitó un cierto esquinamiento y ese dolor que la cruza de parte a parte. Hemos de estar muy agradecidos, si fue para eso, a la extraña dosis de marginación que Luis Rosales supo atraerse con habilidad implacable. Su obra merece la pena.
viernes, 10 de diciembre de 2010
La finta
Una profesora de mi IES, la de religión, para ser exactos, me pregunta muy educada en un cruce de pasillos: “¿Qué tal el puente?”. Suspiro, cojo mucho aire como quien coge carrerilla, y me dispongo a contarle todas mis penas de carretero con las ruedas partidas por el eje… Pero ella me ve venir a tiempo (debe de ser el don profético) y, rauda, me pregunta por Carmen. “Oh”, exclamo, “estupenda, graciosa, guapísima”. “Je”, sonríe, con cara de alivio, pensando —se le nota—: “¡Uf, de buena me he librado, por los pelos!”
jueves, 9 de diciembre de 2010
Insomnio
Después de unas cuantas vueltas en la cama, me levanto y me asomo a la ventana. Son las tantas. Un vecino está viendo la televisión: sale de su cuarto de estar esa luz azul semoviente que es inconfundiblemente catódica. Siento una oleada de superioridad. Yo, con Borges y Cioran, en los cultísimos brazos del insomnio y él, que no conozco, en los de su sillón, con el mandito en la mano. Enseguida me arrepiento. El viernes mismo vi a las mil In the mood for love y me pareció una maravilla, mucho mejor que el insomnio, dónde va a parar. Tras un golpe de pecho, me voy a la cama. Imagino qué maravillosa película estará viendo mi exquisito vecino. Casi le envidio. Sigo sin dormir. Le envidio. Hago una lista de películas que quisiera ver y de las cuales mi vecino estará viendo alguna. Me levanto. Ha apagado la tele. ¿Se habrá dormido? Vuelvo a envidiarle. Su casa parece dormida desde mi ventana. Claro que la mía también lo parecerá. Ah, las apariencias... Vuelvo a la cama. ¿Y si mi vecino, mi hipotético vecino, mi semejante, mi hermano, está también despierto, dando vueltas en la cama? ¿En qué pensará? ¿Le habrá gustado su película tanto como a mí In the mood for love? Etc.
Post alerta
Impresiona que Carme Chacón reconozca que puso al Ejército del Aire en prealerta todo el viernes, y que Rubalcaba confiese que ya sabía él (bueno es) que la iban a liar. ¿O no impresiona, premilitarizados amigos?
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Presentación de Con el tiempo
Hoy es un día estupendo para hacerla. Sería raro que mi nuevo poemario estuviese circulando por ahí, sin haber hecho una presentación en Rayos y truenos, por donde pasáis amigos, conocidos, saludados, seudónimos y anónimos. Os podría parecer que me hago el interesante, y no. Pero tampoco querría parecer interesado, ni que esto fuese un blog-spot publicitario. Entre Escila y Caribdis, pues, como siempre...
Sí tenía pensada una larga lista de muy sentidas deudicatorias, explicando qué le debo a unos y a otros: poemas caídos, versos limados, orden afinado, títulos nuevos, etc. Es un libro éste muy de su tiempo, con una colosal deuda oculta, como las finanzas mundiales. Pero amigos de los que me fío (y que son mis acreedores) me han desaconsejado con gran autoridad (en los dos sentidos) esas deudicatorias. Uno me escribió: "Y algo que debo pedirte (o aconsejarte, si me lo permites): no me cites (ni a mí ni a nadie) en público para agradecer ciertos ajustes de pura y mera carpintería. Los poemas son tuyos. Es normal que pidamos a otros amigos poetas que nos ayuden a ver, desde su distancia, lo que nosotros, de tan cerca, no acabamos de ver. Pero eso debe permanecer inter nos, como secreto 'de secta', sin más trascendencia". Bien, bueno.
Quitando eso, no tengo nada que decir. Con ninguna publicación de mis anteriores libros, había sufrido esta sensación también física de quedarme hueco, silencioso, incierto, casi desolado, incapaz de trabajar. Quizá no sea vanidad lo de los escritores, sino un vacío... que se tiene la esperanza que colmen los lectores. La vanidad estaría entonces en querer tener muchos o todos, y no unos pocos, hondos. Yo ya los he tenido. No me puedo quejar.
Se entiende que el ritual de las presentaciones de libros consista en poco más que en una lectura de poemas, porque, ¿qué otra cosa podría uno decir ahora? Aquí sólo os leeré uno, y he pensado en "Versión":
Sí tenía pensada una larga lista de muy sentidas deudicatorias, explicando qué le debo a unos y a otros: poemas caídos, versos limados, orden afinado, títulos nuevos, etc. Es un libro éste muy de su tiempo, con una colosal deuda oculta, como las finanzas mundiales. Pero amigos de los que me fío (y que son mis acreedores) me han desaconsejado con gran autoridad (en los dos sentidos) esas deudicatorias. Uno me escribió: "Y algo que debo pedirte (o aconsejarte, si me lo permites): no me cites (ni a mí ni a nadie) en público para agradecer ciertos ajustes de pura y mera carpintería. Los poemas son tuyos. Es normal que pidamos a otros amigos poetas que nos ayuden a ver, desde su distancia, lo que nosotros, de tan cerca, no acabamos de ver. Pero eso debe permanecer inter nos, como secreto 'de secta', sin más trascendencia". Bien, bueno.
Quitando eso, no tengo nada que decir. Con ninguna publicación de mis anteriores libros, había sufrido esta sensación también física de quedarme hueco, silencioso, incierto, casi desolado, incapaz de trabajar. Quizá no sea vanidad lo de los escritores, sino un vacío... que se tiene la esperanza que colmen los lectores. La vanidad estaría entonces en querer tener muchos o todos, y no unos pocos, hondos. Yo ya los he tenido. No me puedo quejar.
Se entiende que el ritual de las presentaciones de libros consista en poco más que en una lectura de poemas, porque, ¿qué otra cosa podría uno decir ahora? Aquí sólo os leeré uno, y he pensado en "Versión":
Estas líneas traducen un poema
de autor desconocido.
Una música antigua, oída un día
en el coche, camino del trabajo,
o la conversación en la que hablaban
de novios unas chicas jovencísimas
que espié sin querer, transido de nostalgia.
O puede que traduzcan la sonrisa
que salva una mañana, o bien las voces
que nos hieren en sueños, o un paisaje,
o una historia olvidada... Es un poema
incierto de autor desconocido el que estas líneas
traducen torpemente consultando
un diccionario oscuro.
Su lengua original fue la del fuego
y nunca nadie ha hecho una versión exacta.
martes, 7 de diciembre de 2010
Quedar como un carretero
Voy a incumplir, por más que me estoy pasando el puente currando como un loco, los plazos de entrega de dos trabajos con eiditoriales serias e importantes. Antes que nada: Carmen es inocente. Este verano me lo pasé dando vueltas a Con el tiempo sin cabeza, casi, para otra cosa, y ya para el otoño no doy abasto. Voy a quedar, me reprocho amargamente, como un carretero. Pero, ¿no se decía "como un cochero"? ¿Me habré confundido porque soy de pueblo? ¿O es mi subconsciente, para acabar recetándome, digo, recitándome este ansiolítico de Alberti:
...........PEÑARANDA DE DUERO
¿Por qué me miras tan serio,Y luego hay quien se pregunta para qué sirve la poesía. Uf, qué paz, por fin.
carretero?
Tienes cuatro mulas tordas,
un caballo delantero,
un carro de ruedas verdes,
y la carretera toda
para ti,
carretero.
¿Qué más quieres?
domingo, 5 de diciembre de 2010
sábado, 4 de diciembre de 2010
L. P. S.
Hay que tener humor (y valor) para titular Trivia la obra a la que uno dedica su vida. Lo hizo Logan Pearsall Smith (1865-1946), recientemente traducido por Héctor Blanco para Trabe. Su aspiración: “Seguir viviendo tras mi funeral en una frase perfecta”. Y tiene muchas frases perfectas: “¡Qué desagradable darse cuenta de que lo que dicen de nosotros es verdad!” [aunque no siempre, la verdad], “La bondad no es suficiente, pero qué delicado brillo da a las personas que además de encantadoras son buenas”, “No se puede ser a la vez moderno y de primera”. Saludó así a sus lectores del futuro: “Qué abrigos tan extravagantes lleváis […], y creo que vuestras teorías sexuales son horrorosas”. Uno, mirando alrededor, y no sólo a los abrigos, se pregunta: Pero… ¿cómo, ¡cómo lo supo!?
viernes, 3 de diciembre de 2010
Cadena 100
Ahora que la Cadena COPE se ha convertido en una radio deportiva con alguna cuña informativa, sería interesante volver la vista (el oído) a Cadena 100, que también vive con una gran indiferencia el hecho de ser propiedad de la Conferencia Episcopal. No lo digo sólo por los desinhibidos comentarios de sus presentadores ni por las letras de las canciones que ponen. Simplemente, me da mucha pena que a las doce no paren el chunda-chunda, como al menos siguen parando la información deportiva en la COPE , para rezar el ángelus. ¿Por qué? ¿No será que a los jóvenes los dan por perdidos? Es un detalle anecdótico, pero bien (mal) significativo. Y triste. Para ir calentando motores con la JMJ podrían empezar por ahí.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Una barbarie que someter
[Reseño hoy en La Gaceta el último diario de JJL, Los cuadernos de Rembrandt. La página es una maravilla, con una gran semblanza del maestro por Dani Capó, y dos hermosas fotografías.]Dentro del auge del género del diario en los últimos decenios en España, destacan, junto a los de Andrés Trapiello y José Luis García Martín, los de José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930). Éstos se inclinan hacia el glosario, donde el “yo” del escritor queda en un segundo plano. Los primeros que publicó, en 1986, ya fueron “cuadernos”, Los tres cuadernos rojos.
Los abría una larga cita de Jünger, como una exposición de motivos: “El llevar un diario, es decir, la puesta en orden de acontecimientos y pensamientos que afluyen, forma parte de la tarea que se ha asignado al escritor. Es también un consuelo solitario del que siente necesidad. En un momento en que el técnico dirige el Estado y lo modela según su idea, no solamente están amenazadas de supresión las digresiones artísticas y metafísicas, sino también la simple alegría de vivir. […] Ahora se considera como un lujo ese carácter propio del individuo que Heráclito llamaba el daimon del hombre. Nuestra lucha por defenderlo y nuestra voluntad de conservarlo es uno de los temas más grandes y más trágicos de nuestro tiempo”.
Los diarios de Jiménez Lozano se inscriben, pues, desde el principio, en esa lucha trágica y con esa voluntad. Como en anteriores entregas, se parapeta el autor en la que considera su familia literaria, formada por Pascal y los señores de Port-Royal, Simone Weil, Edith Stein, Nadiezha Mandelstam, William Faulkner, Flannery O’Connor y René Girard, y a la que se han incorporado G. K. Chesterton, Christian Bobin o Nicolás Gómez Dávila. Con ellos se pone del lado de los seres de desgracia, abomina insistentemente tanto de las glorias literarias como de los grandes del mundo y defiende una literatura escrita desde el dolor y que se acerca con suma precaución a la belleza, temerosa de sus seducciones y de su poder.
Una novedad de esta entrega es que en ella el tiempo nos alcanza. Escrita entre 2005 y 2008, habla de acontecimientos casi contemporáneos, como los terribles abusos de las clínicas abortivas o el atentado de Barajas, y de personajes reconocibles, como el juez Garzón o Zapatero.
El tono general es, por tanto, muy pesimista. La lucha para conservar el daimon está perdida en nuestra sociedad actual, piensa; y cita a Louis Auchincloss en El rector de Justin, para lamentar que en una riada (y eso es la modernidad para Jiménez Lozano) no se puede escoger lo que se salva. Acaba el libro reafirmándose, a pesar de todo, en el combate, con las luminosas palabras de Rémi Brague: “Ser romano es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter”.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
martes, 30 de noviembre de 2010
Caleidoscopio
El mundo para mi hija es un inmenso caleidoscopio, que gira. No para de dar vueltas y todo son colores, luces, formas nuevas, reflejos sorprendentes. "Todo es nuevo quizá para nosotros", exclamó Claudio Rodríguez. "Sin 'quizá' para mí", responde Carmen, con el brillo de sus ojos.
lunes, 29 de noviembre de 2010
El error perfecto
Véase la portada que le han puesto a mi Casa propia en esta ficha del Club del lector. ¿Cómo lo supieron?
Hibernación
Mis puntos de contacto con el oso habían sido hasta ahora más bien estéticos y capilares ("el hombre y el oso" y eso), pero este fin de semana he estado dedicado, como nunca, a la hibernación. Jamás he dormido tanto a todas horas. Y en los intervalos, veía películas, que es otro sueño, mientras afuera caían la lluvia y las temperaturas. Tosía con una voz cavernosa, como desde el fondo de una gruta. Lo más que he pensado ha sido esto: la hibernación es el estado anti literario por excelencia. Lo cuento, por tanto, sólo por levantar acta, por motivos notariales-biográficos, y nada más.
domingo, 28 de noviembre de 2010
sábado, 27 de noviembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
El microcuento más mío
Al fin no se hizo el concurso propuesto, pero el microcuento que yo hubiese pasado como mío es éste:
Alfileres, navajas, gafas, tijeras, llaveros, carteras, móviles, paraguas y amigos de toda la vida; cada vez pierdo cosas más grandes; un día de estos voy a perder el mundo entero.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
Karate
Lo de la defensa personal lo digo en serio, y no sólo en el ámbito de las buenas maneras. Qué acierto, veo ahora, ese título para la antología de Juan Bonilla, ese judoka, que le hace unos nudos a las palabras...
martes, 23 de noviembre de 2010
Imagen
Lo más bonito de los escaparates: el que los observa vea en ellos su imagen un tanto desvaída, pero al alcance de la mano, superpuesta. ¿Acaso no nos perseguimos a nosotros mismos, o a nuestra imagen de nosotros mismos, en todas nuestras compras?
lunes, 22 de noviembre de 2010
Invitado
Lo menos hospitalario de una casa son, con diferencia, los grifos de la ducha. Con lo fácil que parece en la teoría, no hay quien atine con la proporción entre el agua caliente y la fría. A ratos y por sorpresa, la caliente te escalda y enseguida la fría te da pellizcos o alfilerazos. "No eres de aquí, no eres de aquí", te dice la lengua (bífida) del agua, y uno acaba despreocupándose de la higiene, pensando sólo en la supervivencia. También en el abrazo de las toallas hay algo extraño.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Best-seller teológico
“Fabrice Hadjadj nació en Nanterre en 1971 de padres de ascendencia judía e ideología maoísta. Vivió entre Túnez y Francia. Ahora reside en la Provenza francesa, donde ejerce como profesor de Filosofía y Literatura. Convertido al catolicismo en 1998, a veces se presenta a sí mismo como ‘un judío de nombre árabe y de confesión católica’”. Así nos describe al autor la solapa del libro La fe de los demonios. Con estos antecedentes (ascendencia judía, demonios, maoísmo, Túnez), no sorprende que el libro se haya convertido en un best-seller: tres ediciones en España. Sin embargo, el subtítulo ya es más raro para un éxito de ventas: O el ateísmo superado; y aún más insólita la editorial: la pequeña “Nuevo Inicio”, iniciativa del Arzobispado de Granada.
Para no terminar con las sorpresas, este best-seller está bien escrito. A veces, demasiado, pues algo abusa de los juegos de palabras. Por ejemplo, cuando define su obra como una lección de Ka(ra)tecismo, técnica de lucha doctrinal. La mayoría de las veces, sin embargo, sus incesantes juegos de ingenio son brillantes, iluminan al lector y contribuyen a hacer de la teología una disciplina chispeante.
Porque es auténtica teología lo que hace Hadjadj. Asombra la cantidad de lecturas que sostienen este ensayo de apariencia tan ligera. Ha leído a fondo a santo Tomás de Aquino, a Bernanos, a Pascal, a Girard; ha dialogado con Baudelaire, con Houellebecq, con Finkielkraut; ha venerado a santa Teresa de Jesús, a santa Teresita de Lisieux, a sangaTeresa Benedicta de la Cruz y a Madre Teresa de Calcuta, y no por fijación con un nombre, sino por el interés en una línea continuada de pensamiento que ese nombre resalta. Pero lo que más y mejor ha leído Fabrice Hadjadj es la Biblia. Deslumbran sus análisis textuales, ante los que se siente la gravitación de la raza, la sabia herencia de los cabalistas.
Compensa destacarlo, porque por fuera La fe de los demonios recuerda, más que nada, a Las cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, lo que no es un desmérito tampoco. En ambas obras se utiliza al demonio como guía moral (contrario sensu, por supuesto) y al humor como herramienta de divulgación teológica. Ambos combaten “el máximo error moderno”, en palabras de Gómez Dávila, que “no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto”.
Más al fondo, la obra es un canto a la Encarnación. Contra el espiritualismo de la fe sola, Hadjadj hace un contundente alegato a favor de las buenas obras, contantes y sonantes.
Para no terminar con las sorpresas, este best-seller está bien escrito. A veces, demasiado, pues algo abusa de los juegos de palabras. Por ejemplo, cuando define su obra como una lección de Ka(ra)tecismo, técnica de lucha doctrinal. La mayoría de las veces, sin embargo, sus incesantes juegos de ingenio son brillantes, iluminan al lector y contribuyen a hacer de la teología una disciplina chispeante.
Porque es auténtica teología lo que hace Hadjadj. Asombra la cantidad de lecturas que sostienen este ensayo de apariencia tan ligera. Ha leído a fondo a santo Tomás de Aquino, a Bernanos, a Pascal, a Girard; ha dialogado con Baudelaire, con Houellebecq, con Finkielkraut; ha venerado a santa Teresa de Jesús, a santa Teresita de Lisieux, a sangaTeresa Benedicta de la Cruz y a Madre Teresa de Calcuta, y no por fijación con un nombre, sino por el interés en una línea continuada de pensamiento que ese nombre resalta. Pero lo que más y mejor ha leído Fabrice Hadjadj es la Biblia. Deslumbran sus análisis textuales, ante los que se siente la gravitación de la raza, la sabia herencia de los cabalistas.
Compensa destacarlo, porque por fuera La fe de los demonios recuerda, más que nada, a Las cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, lo que no es un desmérito tampoco. En ambas obras se utiliza al demonio como guía moral (contrario sensu, por supuesto) y al humor como herramienta de divulgación teológica. Ambos combaten “el máximo error moderno”, en palabras de Gómez Dávila, que “no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto”.
Más al fondo, la obra es un canto a la Encarnación. Contra el espiritualismo de la fe sola, Hadjadj hace un contundente alegato a favor de las buenas obras, contantes y sonantes.
sábado, 20 de noviembre de 2010
Esquema argumental para una historia del franquismo
Alzamiento, nodo y desenlace.
(Desenlazados estamos definitivamente.)
(Desenlazados estamos definitivamente.)
viernes, 19 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Cómo cala
No me gustan los profesores que van riéndose por las esquinas de los errores de sus alumnos, como si ellos no fuesen responsables, o qué. Aunque quien esté libre de pecado que tire el primer peazo e piera. Por suerte, mis alumnos no se equivocan casi nunca. Esto que voy a contar no es una equivocación (la pregunta la tiene bien), sino un signo de los tiempos.
Les pido a mis alumnos en el examen de Relaciones en el Entorno de Trabajo que dibujen un logotipo de una empresa y expliquen lo que pretende transmitir. Una alumna dibuja el bellísimo sello de mi IES:
Y comenta: "Muestra un árbol y a una niña leyendo. Esto indica o transmite temas religiosos, por el árbol, y tranquilidad, porque a la vez está en el campo y en zona verde". No hace falta poner negritas. Jo con la Pacha Mama y el ecologismo, cómo cala.
Les pido a mis alumnos en el examen de Relaciones en el Entorno de Trabajo que dibujen un logotipo de una empresa y expliquen lo que pretende transmitir. Una alumna dibuja el bellísimo sello de mi IES:
Y comenta: "Muestra un árbol y a una niña leyendo. Esto indica o transmite temas religiosos, por el árbol, y tranquilidad, porque a la vez está en el campo y en zona verde". No hace falta poner negritas. Jo con la Pacha Mama y el ecologismo, cómo cala.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Mirlos
La entrada a pájaros de Ángel, me ha traído al remordimiento aquélla mía de la escopeta que levantó ampollas. El artículo enlazado también las levantó, y recuerdo con gratitud a Fernando Terry (RIP), que fue el único que me lo celebró por la calle. Uno para mí es el mejor si es el más campero. Y me explicó con detalle las trampas que ponían en las fincas de La Mancha para controlar las plagas de aves líricas. Otro consuelo grande ha sido un poema de Eduardo Jordá entre los inéditos de Pero sucede:
...............MIRLO
Conocemos su canto en la mañana,
temprano, muy temprano,
cuando nos reconforta oírlo, alegre,
bajo la lluvia desvelada.
Pero nada sabemos de sus hábitos
de pájaro agresor que coloniza
territorios ajenos,
y que destruye nidos, y que roba
los huevos más pequeños,
y que hace desdichados
a otros pájaros menos testarudos.
De su vida secreta, no sabemos
nada; o mejor dicho,
prefiremos creer que no sabemos.
Nos basta con su canto,
su canto desvelado que nos mece.
Pero otros muchos pájaros, más débiles,
o quizá más modestos,
pagan por ese canto con sus vidas.
Eufemismo
Qué hermosura de eufemismo: médico de cabecera. Ojalá sólo lo fuese de cabecera y nada más que de cabecera.
martes, 16 de noviembre de 2010
El síndrome de Mercucio
Las tres horas de clase con ID me salieron especialmente desternillantes y digresivas, en exceso anecdóticas, demasiado exuberantes. Prácticamente lo único que dejé de contar fue el motivo de un estado de ánimo tan bullicioso. Aquí lo haré. Se retrasa el resultado de la prueba sobre mi bultito, y por la mañana me entró un ataque agudo de hipocondría galopante. Me vi al borde de la catástrofe. Y caí en el síndrome de Mercucio, ya saben, el primo de Romeo. Se estaba muriendo por una puñalada de un Capuleto que nadie había visto y, sin embargo, Mercucio arrancaba las risas de su audiencia, quizá porque nada acompaña más que una sonrisa franca. “Al menos”, pensaba yo mientras mis alumnos se iban marchando de clase un tanto desconcertados, “podré dejar a la humanidad el descubrimiento de un nuevo síndrome, primo hermano del de Stendhal”. Una vez hablando con mi hermano Jaime de títulos para el poemario final, el póstumo, se nos ocurrió casi a la vez, pero a él primero, éste, espléndido: Colorín colorado. Sin llegar a ese nivel, tampoco estaría mal El síndrome de Mercucio, creo.
domingo, 14 de noviembre de 2010
viernes, 12 de noviembre de 2010
Microentrada larga
En el IES se convoca un concurso de microcuentos para los alumnos y lo hablamos en la cafetería. Yo cuento el misterioso caso de la violinista fantasma de hace unos años. La joven profesora de literatura se indigna. Y con esa dosis de idealismo que es requisito sine qua non para ser profesora de literatura, confía en los años que lleva leyendo microcuentos para detectar un plagio. El de matemáticas, más científico, prefiere confiar en los algoritmos de Google. Bastará meter los microcuentos ganadores, propone, en la máquina de la verdad. Yo hago una defensa del plagio, tan natural en el santo medievo, que no les convence, aunque me sonríen.
Volviendo a casa pienso que sería bonito organizar un concurso paralelo de microrrelatos plagiados. Si el jurado (sin recurrir a Google, sólo con los años de lectura (que no serán tantos) de la joven profesora y los nuestros) es capaz de identificar al autor auténtico, eliminado. Entre los que escapen al detector de verdades, que gane el mejor. Conseguiríamos que el personal leyese mucho y con sutileza y astucia, me parece. Sin embargo, no lo propondré, no vayan a nombrarme miembro de ese jurado también, y acabe dándole un premio a Benedetti.
Llego a casa y me encuentro algo en el correo que, como creo que la casualidad no existe, me pone los pelos de punta. Es una carta de mi amigo Rafa, sobre su hijo, que ya salió aquí y aquí, y que dice: "Rafa esta dando este año clase con D. Lorenzo y me pide si, por favor, me puedes pasar el poema con el que ganaste el premio de poesía de la Universidad de Navarra (el "del plagio"). Todo se debe a que un día yo le conté a Rafa cómo hiciste ese poema: si no me equivoco estaba escrito contra el plagio pero, a la vez, hecho con versos plagiados. A Rafa le hizo mucha gracia la idea y se lo contó a D. Lorenzo. Ahora D. Lorenzo le ha pedido a Rafa que, si podía, se lo consiguiera. Te agradecería mucho que me lo mandaras por mail si no tienes inconveniente. Muchas gracias y un abrazo. Rafa".
Don Lorenzo fue profesor de Rafa padre y mío, y fue esencial para mi formación en todos los sentidos, como contaré un día que tenga muchísimo más tiempo por delante. Del poema aquel del plagio, publicado en Haz de luz ya no me acordaba, ni me acordé durante la defensa de la figura retórica que había hecho en el bar. Pero se ve que es un tema al que llevo dando vueltas desde hace un montón de años. Pongo el poema, aunque no está a la altura de su idea y aunque sólo quedó tercero (¿o segundo o no quedó?) en aquel concurso universitario, como un brindis por los viejos amigos que recuerdan con cariño los viejos poemas, y hasta se los cuentan—seguro que mejorados— a sus inocentes hijos:
Volviendo a casa pienso que sería bonito organizar un concurso paralelo de microrrelatos plagiados. Si el jurado (sin recurrir a Google, sólo con los años de lectura (que no serán tantos) de la joven profesora y los nuestros) es capaz de identificar al autor auténtico, eliminado. Entre los que escapen al detector de verdades, que gane el mejor. Conseguiríamos que el personal leyese mucho y con sutileza y astucia, me parece. Sin embargo, no lo propondré, no vayan a nombrarme miembro de ese jurado también, y acabe dándole un premio a Benedetti.
Llego a casa y me encuentro algo en el correo que, como creo que la casualidad no existe, me pone los pelos de punta. Es una carta de mi amigo Rafa, sobre su hijo, que ya salió aquí y aquí, y que dice: "Rafa esta dando este año clase con D. Lorenzo y me pide si, por favor, me puedes pasar el poema con el que ganaste el premio de poesía de la Universidad de Navarra (el "del plagio"). Todo se debe a que un día yo le conté a Rafa cómo hiciste ese poema: si no me equivoco estaba escrito contra el plagio pero, a la vez, hecho con versos plagiados. A Rafa le hizo mucha gracia la idea y se lo contó a D. Lorenzo. Ahora D. Lorenzo le ha pedido a Rafa que, si podía, se lo consiguiera. Te agradecería mucho que me lo mandaras por mail si no tienes inconveniente. Muchas gracias y un abrazo. Rafa".
Don Lorenzo fue profesor de Rafa padre y mío, y fue esencial para mi formación en todos los sentidos, como contaré un día que tenga muchísimo más tiempo por delante. Del poema aquel del plagio, publicado en Haz de luz ya no me acordaba, ni me acordé durante la defensa de la figura retórica que había hecho en el bar. Pero se ve que es un tema al que llevo dando vueltas desde hace un montón de años. Pongo el poema, aunque no está a la altura de su idea y aunque sólo quedó tercero (¿o segundo o no quedó?) en aquel concurso universitario, como un brindis por los viejos amigos que recuerdan con cariño los viejos poemas, y hasta se los cuentan—seguro que mejorados— a sus inocentes hijos:
...........LIBROS
Cuando me paro a contemplar mi estante
mi no sé qué se queda en aspaviento.
Lo extraordinario, todo. Escucho atento
palabras de Cervantes o del Dante.
No hay cosa como el plagio que me espante,
pero una mano coge el pensamiento
o alguno me lo ha dicho con el viento
que viene y va, y me avienta, y, al instante,
mi tristeza en consuelo convertía,
desde el prodigio, algún dulce cantar.
Un canto de sirenas me conjura,
la sombra se la lleva el blanco día,
y el agua —amarga y dulce— de otro mar
vestido me dejó de su hermosura.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Pedazo de párrafo
[El párrafo está entero, y tanto, pero es precioso y por eso,el peculiar superlativo de "pedazo", que debe de tener un origen remotamente platónico: "Es un pedazo del arquetipo del Párrafo, de la idea pura". Supongo yo, que no le encuentro otra explicación.] Lo escribe Zbigniew Herbert en Un bárbaro en el jardín:
Como toda ciudad medieval, Siena fue la cuna de muchos santos, y ninguna ciudad medieval posee una colección de tan rica de personajes aureoleados. Un erudito de la hagiografía da la cifra astronómica de quinientos nombres. De Siena también han salido nueve papas. Pero como el escudo blanquinegro simbolizaba pasiones contradictorias, también fue una ciudad de derrochadores, de la juventud dorada y de las mujeres contra quienes los predicadores lanzaban sus truenos. El más convincente era san Bernardo, y las mujeres, conmovidas por su elocuencia, prendían grandes hogueras en las que quemaban sus zapatos de tacón, los perfumes y los espejos. Las laude místicas acercaban al cielo, pero también resonaban canciones blasfemas, y Siena tenía su poeta del placer, Folgore da San Gimignano. Los limosneros recorrían la ciudad con sotanas harapientas, y un solo grupo de malgastadores podía dilapidar la vertiginosa suma de doscientos mil florines en una fiesta e irse a cazar. "Gente vana", sisea Dante.El libro me ha convertido definitivamente a la literatura de viajes, y quizá también a los viajes, si son a Italia. Esa imagen de las hogueras avivadas con perfumes, reflejadas en los espejos, es espectacular. Y ese nombre de poeta del placer, Folgore, ya vale por un poema... Pero lo que se me ha metido en la cabeza como el clarín de una trompeta es la frase inicial: "Como toda ciudad medieval, fue la cuna de muchos santos..." ¿Por qué no puede decirse eso de ninguna ciudad contemporánea, eh?
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Impresiona
No sabía si enlazarlo o no, pero como en la entrada de abajo han descubierto que soy un presumido, presumiré algo (más). Cuando uno es poeta y profe de IES, impresiona marcar la agenda nacional, aunque sea un poco.
martes, 9 de noviembre de 2010
Nadie dos veces
Cualquier viaje es al Castillo de Irás y no Volverás. “Cualquier instante”, me corrige Heráclito.
lunes, 8 de noviembre de 2010
domingo, 7 de noviembre de 2010
jueves, 4 de noviembre de 2010
Subconscientes
En el restaurante la Mesa Redonda, nos encontramos a don Miguel Ángel, el antiguo coadjutor de nuestra parroquia, que aún sigue siendo un sacerdote que presume de joven. Después de los abrazos, desenfundo mi móvil y le muestro unas fotos de Carmencita. Supongo que en defensa propia, saca enseguida su teléfono para enseñarnos la foto de un niño que ha bautizado recientemente. El bebé es feísimo. Llego a temerme que tenga alguna deficiencia y que lo lleve por eso, con un gesto paternal, en su móvil. Sin embargo, la pregunta que me sale de golpe es: “Ah, ¿su sobrino, verdad?”
Bruscamente me contesta que no, no, que es un muñeco que habían puesto en la Castellana, bien feo, aunque ya han pagado por la escultura una pasta en una subasta. Todos nos reímos mucho de mi ocurrencia del sobrino, él y yo con menos ganas.
Luego, haciendo examen de subconciencia de mis motivos para endosarle ese sobrino, pienso que quizá buscase a una velocidad de vértigo una razón (descartando la enfermedad) para que llevase tal adefesio en el móvil. Sin descartar que el subconsciente de mi subconsciente, gamberro, tal vez se estuviera vengando (sutilmente) de la broma de don Miguel Ángel. Cuando recuerdo la escena , me río con ganas, ahora.
Bruscamente me contesta que no, no, que es un muñeco que habían puesto en la Castellana, bien feo, aunque ya han pagado por la escultura una pasta en una subasta. Todos nos reímos mucho de mi ocurrencia del sobrino, él y yo con menos ganas.
Luego, haciendo examen de subconciencia de mis motivos para endosarle ese sobrino, pienso que quizá buscase a una velocidad de vértigo una razón (descartando la enfermedad) para que llevase tal adefesio en el móvil. Sin descartar que el subconsciente de mi subconsciente, gamberro, tal vez se estuviera vengando (sutilmente) de la broma de don Miguel Ángel. Cuando recuerdo la escena , me río con ganas, ahora.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
martes, 2 de noviembre de 2010
Ten más modestia, muerte
Machado, mediante Juan de Mairena, ironizó sobre el deber profesional de los poetas de hablar de la muerte, y se recreó en la sorpresa que, a pesar de haberla nombrado tanto, se llevaría más de uno al encontrarse de golpe con ella. Por debajo de la broma de humor negro, late una verdad muy honda: la poesía lleva enfrentándose a la muerte desde sus inicios.
A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.
Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos:
Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría:
El pueblo, en cambio, ha preferido la otra metáfora ancestral: el sueño. Lo canta la copla con clara contundencia:
A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.
Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos:
¡No todo moriré! Así nos diceQuizá se enfadase porque Horacio le llevaba siglos de inmortalidad de ventaja, o porque esa inmortalidad, “donde el recuerdo es lo único que queda” le sabía a poco al cristiano (atormentado, pero cristiano) Unamuno. Lo indiscutible, se ponga como se ponga el rector de Salamanca, es que Horacio ha quedado en nuestro recuerdo, y eso ha dado moral a los poetas para mirar a los ojos a la muerte.
henchido de sí mismo aquel poeta
que odia al vulgo profano y que le reta
a olvidarle esperando le eternice
el reto mismo; es calculada treta.
Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría:
Ten más modestia, Muerte, aunque se te hayaMás pegado a la tierra, reflexiona José Jiménez Lozano en su poema "El precio":
erróneamente dicho poderosa
y temible; pues esos que has borrado
no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta
de aniquilarme a mí. Si el reposo
y el sueño son tan gratos, cuánto más
no debes serlo tú: así se explica
que los mejores antes den contigo
libertad a sus almas y a sus huesos
descanso. Azar, reyes, suicidas,
son tus amos, habitante de pócimas,
enfermedad y guerras. Y más diestros
que tú son los hechizos. Menos humos
que veremos tu fin; tu muerte, Muerte.
Matinales neblinas, tardes rojas,La muerte como intensificador de la vida ha hecho un gran papel. De ahí a su relación con el amor, no hay más qe un salto. Lo dio la Biblia: “Fuerte como la muerte es el amor”, clama, y los poetas se apuntan enseguida. El recurrente éxito de Don Juan Tenorio por estas fechas radica en su habilidad para mezclar frenéticamente la muerte, el erotismo y la teología. Los poetas españoles han podido tratar a la muerte como una amada porque nuestro idioma, como anotó Borges, permite la metáfora. En inglés, la muerte es masculina. La diferencia de género explica que el gran poeta moderno sobre la muerte en español sea Juan Ramón Jiménez, que supo sacarle resonancias sensuales, mientras que en inglés ha escrito memorables poemas mortuorios Emily Dickinson, recogidos en una antología indispensable: Poemas a la muerte (Bartleby Editores, 2010). Aprovechando su género masculino, la norteamericana en algunos de ellos utiliza la imagen del noviazgo galante y del futuro encuentro conyugal.
doradas; noches fulgurantes,
y la llama, la nieve:
canto del cuco, aullar de perros,
silente luna, grillos, construcciones de escarcha;
el traqueteo del tren, del carro, niños,
amapolas, acianos, y desnudos
árboles de invierno entre la niebla;
los ojos y las manos de los hombres,
el amor, la dulzura
de los muslos, un cabello de plata,
o de color caoba;
historias y relatos, pinturas y una talla.
Todo esto hay que pagarlo con la muerte.
Quizás no sea tan caro.
El pueblo, en cambio, ha preferido la otra metáfora ancestral: el sueño. Lo canta la copla con clara contundencia:
Cada vez que yo me acuerdoHabría que investigar cuánto ha influido el cristianismo y su fe en la resurrección en posturas tan líricas o tan flamencas. San Pablo constató que la muerte había perdido su aguijón. Lo había cambiado, efectivamente, por un plumín.
que me tengo que morir,
echo una mantita al suelo
y me jarto de dormir.
lunes, 1 de noviembre de 2010
Trece sentencias ejemplares de Francisco Pérez de los Cobos
En No hay derecho (La Ley, 2008) escribe: “Seamos, por una vez, humildes, es decir, serios…” Es una frase de escritor puro: un cocktail de inteligencia y gracia. También ha escrito "El verdadero poeta se mide cantando el paraíso". Si la llego a leer un poco antes, pongo esa sentencia al frente de mi reseña a Rocío Arana. Habrá que acercarse a Pérez de los Cobos, por tanto, desde el punto de vista más literario posible. El Barbero del rey de Suecia, con su afición a las altas magistraturas del Estado, no se resiste a ofrecer una selección de trece sentencias ejemplares de su otro libro hasta la fecha, el de aforismos Parva memoria (Tirant, 2006). No son inocentes.
La belleza del mal es relamida.
*
Ser revolucionario es la forma más histriónica de ser superficial.
*
Bloy ha hecho del improperio una obra de caridad.
*
Dios corteja sin premuras.
*
El antónimo de la muerte es la música.
*
Muy moral ya es inmoral.
*
La gente que hace siempre lo que quiere acaba por no saber qué quiere.
*
Hasta el cañaveral luce penachos.
*
Al reino de los cielos se llega herido.
*
Lo peor de un imbécil son sus matices.
*
El “haz el amor y no la guerra” explicita ya una inquietante concomitancia.
*
¿Puede censurarse la vanidad sin caer en ella?
*
La caridad que empieza por uno mismo acaba en uno mismo.
***
domingo, 31 de octubre de 2010
De nuevo, la alternativa
La imagen de los zombies
asusta porque es cierta:
que hay muertos y que andan
lo sé por experiencia.
Por esperanza sé
también, y me reanima,
que la resurrección
es la otra alternativa.
asusta porque es cierta:
que hay muertos y que andan
lo sé por experiencia.
Por esperanza sé
también, y me reanima,
que la resurrección
es la otra alternativa.
sábado, 30 de octubre de 2010
A mano alzada
El último libro de Enrique Baltanás impacta desde el título: Minoría absoluta. Se podría pensar que, siendo una colección de aforismos, es un guiño al tamaño del género (minoría) y a su ansia filosófica (absoluta). Y sí; pero sobre todo defiende un ámbito donde el juego de las mayorías no deje fuera de juego a la persona, donde cada uno pueda alzar la mano, y cantar las cuarenta.
Ese tono rebelde y respondón lo confirma pronto el propio autor: “Me he pasado la vida siendo un izquierdista serio y aburrido. Creo tener, pues, ganado el derecho a pasarme la otra media siendo un divertido y gamberro reaccionario”. E insiste: “Toda filosofía progresista parte necesariamente de esta petición de principio: la naturaleza no existe… Y si existe, ya la cambiaremos” o “Petición de principio de todo conservador: ‘Las cosas son como son… por algo’”; y de remate: “A los, muchos, que me dicen ‘Yo creo en Dios, pero no en los curas’, les desconcierta a veces mi respuesta: ‘Yo a veces dudo de Dios, pero de la Iglesia, nunca’”.
La minoría no es soledad. En muchos aforismos del libro se escuchan ecos. De Ortega y Gasset (“Occidente, ¿lleva escrito en su nombre su destino?”), de JRJ (“El ingenio es una trampa en la que están deseando caer todos los tontos”), de Eugenio d’Ors (“Metáfora: chispa que se produce cuando corazón y cerebro contactan”), de Antonio Machado (“El primero y principal de los derechos humanos es el derecho a equivocarse”, y a renglón seguido: “El primer deber de todo hombre es el deber de rectificar”), de G. K. Chesterton (“Para practicar el amor libre hay, primero, que librarse del amor”), de Ramón Gaya (“Todos somos indigentes… de algo”) y, por supuesto, de Gómez de la Serna (“La tinta china debería ser amarilla”).
La voz de Baltanás no se ahoga en esos ecos, lo que no es mérito pequeño. Lo más suyo es el cruce entre el humor y la hondura. Ejemplos: “Bien escaso: redundancia”, “Declaración de amor: ‘Podría vivir sin ti, pero no me da la gana’”, etc.
Acompasado con el contenido, el volumen de La Veleta es una pequeña joya. La portada, hermosísima. Lo comprará una minoría, claro, y acertará absolutamente.
Ese tono rebelde y respondón lo confirma pronto el propio autor: “Me he pasado la vida siendo un izquierdista serio y aburrido. Creo tener, pues, ganado el derecho a pasarme la otra media siendo un divertido y gamberro reaccionario”. E insiste: “Toda filosofía progresista parte necesariamente de esta petición de principio: la naturaleza no existe… Y si existe, ya la cambiaremos” o “Petición de principio de todo conservador: ‘Las cosas son como son… por algo’”; y de remate: “A los, muchos, que me dicen ‘Yo creo en Dios, pero no en los curas’, les desconcierta a veces mi respuesta: ‘Yo a veces dudo de Dios, pero de la Iglesia, nunca’”.
La minoría no es soledad. En muchos aforismos del libro se escuchan ecos. De Ortega y Gasset (“Occidente, ¿lleva escrito en su nombre su destino?”), de JRJ (“El ingenio es una trampa en la que están deseando caer todos los tontos”), de Eugenio d’Ors (“Metáfora: chispa que se produce cuando corazón y cerebro contactan”), de Antonio Machado (“El primero y principal de los derechos humanos es el derecho a equivocarse”, y a renglón seguido: “El primer deber de todo hombre es el deber de rectificar”), de G. K. Chesterton (“Para practicar el amor libre hay, primero, que librarse del amor”), de Ramón Gaya (“Todos somos indigentes… de algo”) y, por supuesto, de Gómez de la Serna (“La tinta china debería ser amarilla”).
La voz de Baltanás no se ahoga en esos ecos, lo que no es mérito pequeño. Lo más suyo es el cruce entre el humor y la hondura. Ejemplos: “Bien escaso: redundancia”, “Declaración de amor: ‘Podría vivir sin ti, pero no me da la gana’”, etc.
Acompasado con el contenido, el volumen de La Veleta es una pequeña joya. La portada, hermosísima. Lo comprará una minoría, claro, y acertará absolutamente.
viernes, 29 de octubre de 2010
Sucesivos escolios a un beso implícito
Llora la niña y la tumbo a mi lado, y empiezo a leer en alto Textos de Gómez Dávila, concretamente el capítulo donde explica que la conciencia nace con la percepción del fracaso ineludible que implica ser hombre. La conciencia es la conciencia de un fracaso o de un anhelo de plenitud inalcanzable. Carmen se calla, casi atenta, contenta sin duda. Descartada la posibilidad de que siga la argumentación de Gómez Dávila, creo yo que lo que la mantiene absorta es la música verbal. Cuando uno lee a otro comienzan a sonar dos voces, la del otro y la de uno, y si ese otro conversa en su texto con algunos más, termina sonando, imbricada en una sola voz cantante, toda una polifonía. Eso disfrutaba Carmen.
No lo he pensado solo, que conste, sino en un dueto con Carmen, porque ella aún no besa: muerde, con la boca abierta, temible, como la de un caimán.
***Hasta cierto momento, en que reclama la sola voz de su padre, un solo, un aria, un do de pecho. Un beso, pienso, es la renuncia al mordisco que está en las profundidades prehistóricas de nuestro subconsciente. Algo así como decir: "Te comería, porque comestible eres, o sea, buenísima para mí, pero mejor no te devoro, porque mejor aún es que existas fuera de mí". Un beso, por tanto, se queda siempre a medio camino, con la belleza de una media verónica.
No lo he pensado solo, que conste, sino en un dueto con Carmen, porque ella aún no besa: muerde, con la boca abierta, temible, como la de un caimán.
***Los libros no son buenos sólo para leer ni para morder. Le gusta mucho también que se los acerque a la cara y los hojee y el ventalle casi le roce la naricilla. Sonríe y, con el plof final, se ríe. Otra vez y otra vez. Quizá en esa brisa vaya Gómez Dávila como Dios paseaba con la brisa de la tarde del paraíso, que al fin y al cabo era la de su obra.
jueves, 28 de octubre de 2010
Una duda
Detalle interesantísimo del Evangelio. Resulta que el sumo sacerdote era Caifás, que fue el que profetizó aquello de Expedit ut unus moriatur homo pro populo, y sin embargo, a Jesús lo llevan ante Anás, cuyo título era ser “el suegro del sumo sacerdote”. No creo, no, que haya aquí una condena de la familia política, aunque es tentador, pero sí, tal vez, una denuncia implícita y terrible del nepotismo o del peso de las influencias que se salta la jerarquía legítima, ¿no?
miércoles, 27 de octubre de 2010
Piscinas vacías
Mucho cuidado hoy con los trampolines.
Mi artículo de Misión me gusta, dicho sea con toda humildad. Lo malo es que estando aún de baja (ayer el doctor Costanilla [sic] no me dio su visto bueno), parecería que me he tomado el veraneo perpetuo demasiado al pie de la letra. Ay.
Mi artículo en el Diario de Cádiz, me gusta menos, pero no me puede resistir a sacar las conclusiones de filosofía política, dicho sea con dudosa humildad, mientras que todos se dedicaban a sacar punta menuda al cambio de Gobierno.
Salten, pues, ustedes con prudencia. (A propósito, y saliéndome por la tangente: he comprobado que, aunque saltar con los pies en la tierra es imposible, si cabe saltar de alegría con pies de plomo. Y es un ejercicio bien saludable, además.)
Mi artículo de Misión me gusta, dicho sea con toda humildad. Lo malo es que estando aún de baja (ayer el doctor Costanilla [sic] no me dio su visto bueno), parecería que me he tomado el veraneo perpetuo demasiado al pie de la letra. Ay.
Mi artículo en el Diario de Cádiz, me gusta menos, pero no me puede resistir a sacar las conclusiones de filosofía política, dicho sea con dudosa humildad, mientras que todos se dedicaban a sacar punta menuda al cambio de Gobierno.
Salten, pues, ustedes con prudencia. (A propósito, y saliéndome por la tangente: he comprobado que, aunque saltar con los pies en la tierra es imposible, si cabe saltar de alegría con pies de plomo. Y es un ejercicio bien saludable, además.)
lunes, 25 de octubre de 2010
Sobre la humildad
El peligro de mi artículo de ayer es que pareciese vanidoso, cuando de sobra es conocida mi extraordinaria humildad. Cualquiera podría replicarme: "Tú ameno... ¿de qué?"; y tendría que callarme. Pero el artículo, sea verdadero o falso, es humildísimo. Si no se nota, es porque (mea culpa) di por sobreentendido que uno naturalmente aspira a ser profundo, deslumbrante, estremecedor, convincente, artista... no entretenido.
Sobre la humildad, lo mejor es lo de Santa Teresa ("que es andar en verdad"), pero la glosa que hizo C.S. Lewis en Las cartas del diablo a su sobrino no le va a la zaga (aunque la siga). Dice allí el diablo que uno de sus grandes éxitos ha sido convencer a los hombres de que la humildad es, entre otros ejemplos similares, una chica muy guapa empeñada en creerse fea. El imposible crea amargura, decepción y, sobre todo, hipocresía. La verdadera humildad sería saberse guapa, pero no darle más importancia que la que tiene (que no es poca) y dar gracias por ello a Quien corresponda.
Hace unos días, a cuenta de otra batalla, se lo contaba a mis alumnos. Y me hizo mucha gracia detectar en cierta alumna, indiscutiblemente guapa, una dulcísima sonrisa de alivio.
Sobre la humildad, lo mejor es lo de Santa Teresa ("que es andar en verdad"), pero la glosa que hizo C.S. Lewis en Las cartas del diablo a su sobrino no le va a la zaga (aunque la siga). Dice allí el diablo que uno de sus grandes éxitos ha sido convencer a los hombres de que la humildad es, entre otros ejemplos similares, una chica muy guapa empeñada en creerse fea. El imposible crea amargura, decepción y, sobre todo, hipocresía. La verdadera humildad sería saberse guapa, pero no darle más importancia que la que tiene (que no es poca) y dar gracias por ello a Quien corresponda.
Hace unos días, a cuenta de otra batalla, se lo contaba a mis alumnos. Y me hizo mucha gracia detectar en cierta alumna, indiscutiblemente guapa, una dulcísima sonrisa de alivio.
sábado, 23 de octubre de 2010
Merecida
Cuando fui a besar a aquella señora tan bajita tuve la sensación de que le estaba haciendo una honda reverencia;y sí, sí, disimuladamente, aprovechando la coyuntura, se la hice. Se la merece.
viernes, 22 de octubre de 2010
Donde más duele
Para no hacerlo hoy, día feliz de santa Cordelia, fuimos corriendo ayer por la tarde noche a vacunar a Carmen. La sostenía Leonor en brazos, pero, como dejaba una manita suelta, yo se la cogí, para colaborar en algo. Cuando el ATS, muy dicharachero, le clavó la agujita en el muslo no hizo ella todavía ningún gesto ni lloró aún, pero cerró rápidamente con todas sus fuerzas el puño sobre mi dedo índice. Enseguida lloró y gritó desconsoladamente, sí. Ese segundo o mucho menos en que apretó en silencio mi dedo y nada más, ha sido uno de los instantes más tristes y dulces, tristidulce, de mi vida. “Es para tu bien, tonta”, le decíamos al salir, nos decíamos.
jueves, 21 de octubre de 2010
Tres citas de Jean Cocteau y tres correcciones, dos de uno y una de d'Ors
"El arte es la ciencia hecha carne". El arte, realidad hecha mucho más real.
"Nos exigen demasiados milagros. Yo me considero ya bastante dichoso cuando he logrado hacer oír a un ciego". Mejor milagro: hacer ver a un sordo.
"Cosa dura negar, sobre todo las obras nobles. Pero toda afirmación profunda necesita una negación profunda." “Creo [cree d'Ors (Nuevo Glosario. Tomo I, p. 193)] que lo que necesita toda afirmación porfunda es una ironía ligera”.
"Nos exigen demasiados milagros. Yo me considero ya bastante dichoso cuando he logrado hacer oír a un ciego". Mejor milagro: hacer ver a un sordo.
"Cosa dura negar, sobre todo las obras nobles. Pero toda afirmación profunda necesita una negación profunda." “Creo [cree d'Ors (Nuevo Glosario. Tomo I, p. 193)] que lo que necesita toda afirmación porfunda es una ironía ligera”.
miércoles, 20 de octubre de 2010
La prueba del euro
Bien, ayer no era mi día más literario, lo reconozco, pero estaría bien esta regla preventiva: el escritor comprometido debe dar el dinero que gana defendiendo una causa a esa causa. Eso es comprometerse.
martes, 19 de octubre de 2010
Vanidad
Hacía mucho tiempo, si ocurrió alguna vez, que nadie decía a mi paso: “¡Mira qué músculos!” Pasó ayer. Dos chicas y un tío, además. Estaban sinceramente admirados. Concretando más, eran un cirujano y sus dos enfermeras, y habían tenido que escarbar (mucho, sí) para quitarme un bultito (un bultito bueno, no os preocupéis). Y lo bueno, bueno era su asombro admirado ante la limpieza final de mis músculos, que me compensó algo. Tanto, que a pesar del dolor y la resaca, aquí estoy, tecleando, presumiendo.
Cambiarle el agua al canario
En el escudo nacional habría que poner un pollo a la cantonesa. España, con los remiendos de Zapatero para sacar como sea sus presupuestos, se parece cada vez más al Cantón de Cartagena y aledaños. Qué me dicen de lo cambiar los nombres vascongados, ea. Pero el no va más ha sido lo de cambiarle al agua al canario. Oh, “las aguas canarias”, para morirse, o no tanto, pero de risa.
lunes, 18 de octubre de 2010
Castiguito
Pasé el fin de semana en una finca de recreo de retiro espiritual, y hablaba por teléfono paseándome entre los limoneros y naranjos. Cortaba un limón verde y lo iba oliendo, mientras hablaba, y lo lanzaba al aire y lo cogía al caer, casi siempre. Si no lo cogía al vuelo, pues cortaba otro.
A la vuelta, en casa, hablando por teléfono, con el movimiento reflejo aprendido, corté un limoncito verde que tenía el pequeño limonero del jardín. Cuando me quise dar cuenta, era tarde. Era el primer limón que daba nuestro raquítico limonero, y llevábamos dos años esperándolo. Castiguito.
A la vuelta, en casa, hablando por teléfono, con el movimiento reflejo aprendido, corté un limoncito verde que tenía el pequeño limonero del jardín. Cuando me quise dar cuenta, era tarde. Era el primer limón que daba nuestro raquítico limonero, y llevábamos dos años esperándolo. Castiguito.
domingo, 17 de octubre de 2010
Tres márgenes
En La Gaceta en mi reseña sobre Alma minha gentil tuvieron que recortarme las puntas del texto, por cuestiones de espacio; y lo hicieron sorprendentemente bien: no cortaron el hilo. Pero se perdió un pequeño detalle que me parece grandioso. Lo dejo aquí, al margen: ¡Erasmo aprendió portugués para leer a Gil Vicente!
En Alba no me recortaron nada porque yo me había limitado antes, cumpliendo estrictamente con los caracteres. Hablo esta semana de Ramón Sijé y de la "Elegía" de Hernández. Destaco que el motor de aquel poema es el remordimiento y que Miguel Hernández va, como confiesa, de su corazón a sus asuntos. El único elogio a Sijé que dedica en todo el poema es mentar su "noble calavera". Recordé entonces que Jorge Luis Borges, nada más morir su amada madre, escribió un soneto titulado "Remordimiento". El argentino no se anduvo por las ramas ni por los huertos, y se fue al sentimiento que le devastaba. No me cupo en el artículo, pero aquí nos lo dejo.
A cuenta de la salida de Leonor, llevo pensando varios días en el género policíaco. Nada tan civilizado como que sea "el otro" el asesino, esto es, que se haya investigado laboriosamente, no se hayan seguido las apariencias ni la ley de Lynch (ese fenómeno estrictamente democrático, según el impagable José Antonio Fúster), y, sobre todo, se haya establecido la inocencia del sospechoso principal. Se me ocurrió que podía postular el trasfondo cristiano que eso supone. Pero hice una encuesta por sms entre mis amigos más leídos y se me abrieron, de golpe, siete u ocho líneas de investigación. Yo soy muy moro (por santo Tomás), así que recordé sus recomendaciones, en negrita lo más recordado:
En Alba no me recortaron nada porque yo me había limitado antes, cumpliendo estrictamente con los caracteres. Hablo esta semana de Ramón Sijé y de la "Elegía" de Hernández. Destaco que el motor de aquel poema es el remordimiento y que Miguel Hernández va, como confiesa, de su corazón a sus asuntos. El único elogio a Sijé que dedica en todo el poema es mentar su "noble calavera". Recordé entonces que Jorge Luis Borges, nada más morir su amada madre, escribió un soneto titulado "Remordimiento". El argentino no se anduvo por las ramas ni por los huertos, y se fue al sentimiento que le devastaba. No me cupo en el artículo, pero aquí nos lo dejo.
A cuenta de la salida de Leonor, llevo pensando varios días en el género policíaco. Nada tan civilizado como que sea "el otro" el asesino, esto es, que se haya investigado laboriosamente, no se hayan seguido las apariencias ni la ley de Lynch (ese fenómeno estrictamente democrático, según el impagable José Antonio Fúster), y, sobre todo, se haya establecido la inocencia del sospechoso principal. Se me ocurrió que podía postular el trasfondo cristiano que eso supone. Pero hice una encuesta por sms entre mis amigos más leídos y se me abrieron, de golpe, siete u ocho líneas de investigación. Yo soy muy moro (por santo Tomás), así que recordé sus recomendaciones, en negrita lo más recordado:
Lord, grant that I may be able in argument,Me he propuesto, por tanto, seguir investigando sobre lo policial, en plan asuntos internos. Pero como el tiempo se me echaba encima, escribí deprisa y corriendo sobre Zapatero, que ya está investigado de sobra.
accurate in analysis,
strict in study,
candid with clients,
and honest with adversaries.
Sit with me at my desk
and listen with me to my client's plaints,
read with me in my library,
and stand beside me in court,
so that today I shall not,
in order to win a point
lose my soul.
viernes, 15 de octubre de 2010
Algo personal
Es, objetivamente hablando, lo más extraño que me ha pasado con mi hija de casi cinco meses. Le encanta que le cante. Se sonríe. Quizá a usted le parezca lo más natural del mundo, pero es que usted nunca me ha oído cantar.
En el colegio me lo prohibieron. No es sólo que me echaran del coro, que es algo por lo que han pasado miles de niños, ni que fuese el primero al que echaron, sino que tampoco me dejaban cantar mis propios compañeros en el autobús cuando los profesores, qué buenos son, nos llevaban de excursión. Tampoco me permitían tocar las palmas, porque perdía el compás a las primeras de cambio. Mi abuela, que era profesora de solfeo y de piano, y de la que yo era el nieto favorito, sólo logró darme una clase, una, y desistió, desolada. La madre de un amigo que estaba ilusionada con enseñarnos a tocar la guitarra, me animó a jugar al tenis, que lo haría mejor, sin duda. En mi adolescencia y juventud, no he bailado, como no fuese el agua a alguna chica, y también mal. En la mili perdía el paso y me recuerdo como en la película Cateto a babor, pero ya con la licenciatura de Derecho y dos libros escritos, desfilando sólo, al caer la tarde y con un sargento que me gritaba, desgañitándose, desesperado: “¡Si es como en la disco, leñe, si es como en la disco!” “Precisamente, mi sargento, apenas he pisado una disco”, hubiese replicado yo, si no hubiese estado tan reconcentrado en intentar coger o recoger el paso, el paso, el paso, el paso... En mi boda, mi hermano Nicolás bailó por mí el vals.
Esos son mis antecedentes. Y ahora me encuentro con una niña delicadísima, de ojos claros y brillantes, que deja de llorar y sonríe y se ríe y es feliz si le canto y le hago un baile alrededor de la cuna. Padre no hay más que uno, se suele decir o se debería, pero la verdad es que, sobre todo, hija no hay más que una.
Como el caso es tan increíble, he quedado firmemente convencido de que lo importante es lo presencial, como se dice ahora. Es imposible que mi hija valore mis aptitudes musicales, así que ella, con sus agradecidas risas, está celebrando el contacto estrecho, la intimidad atenta. Eso le compensa, a la pobre, cierto dolor de oído. Tralararará.
En el colegio me lo prohibieron. No es sólo que me echaran del coro, que es algo por lo que han pasado miles de niños, ni que fuese el primero al que echaron, sino que tampoco me dejaban cantar mis propios compañeros en el autobús cuando los profesores, qué buenos son, nos llevaban de excursión. Tampoco me permitían tocar las palmas, porque perdía el compás a las primeras de cambio. Mi abuela, que era profesora de solfeo y de piano, y de la que yo era el nieto favorito, sólo logró darme una clase, una, y desistió, desolada. La madre de un amigo que estaba ilusionada con enseñarnos a tocar la guitarra, me animó a jugar al tenis, que lo haría mejor, sin duda. En mi adolescencia y juventud, no he bailado, como no fuese el agua a alguna chica, y también mal. En la mili perdía el paso y me recuerdo como en la película Cateto a babor, pero ya con la licenciatura de Derecho y dos libros escritos, desfilando sólo, al caer la tarde y con un sargento que me gritaba, desgañitándose, desesperado: “¡Si es como en la disco, leñe, si es como en la disco!” “Precisamente, mi sargento, apenas he pisado una disco”, hubiese replicado yo, si no hubiese estado tan reconcentrado en intentar coger o recoger el paso, el paso, el paso, el paso... En mi boda, mi hermano Nicolás bailó por mí el vals.
Esos son mis antecedentes. Y ahora me encuentro con una niña delicadísima, de ojos claros y brillantes, que deja de llorar y sonríe y se ríe y es feliz si le canto y le hago un baile alrededor de la cuna. Padre no hay más que uno, se suele decir o se debería, pero la verdad es que, sobre todo, hija no hay más que una.
Como el caso es tan increíble, he quedado firmemente convencido de que lo importante es lo presencial, como se dice ahora. Es imposible que mi hija valore mis aptitudes musicales, así que ella, con sus agradecidas risas, está celebrando el contacto estrecho, la intimidad atenta. Eso le compensa, a la pobre, cierto dolor de oído. Tralararará.
jueves, 14 de octubre de 2010
La canción de la ramera
Qué fogonazo de poesía verdadera el de Isaías, en el capítulo 23, 16, cuando para ilustrar la conversión final de Tiro, que será dada al olvido durante setenta años, cita esta canción:
Cuánta misericordia y dolor transfigurado, y qué esperanza le entra a uno, junto a unas ganas irreprimibles de trincar la cítara y repetir las canciones: ésta, ésta, sin ir más lejos.Toma la cítara, ronda la ciudad,ramera olvidada,tócala bien, repite las cancionespara que se te recuerde.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Yes, we can-can
Y siguiendo con la música, no se me va de la cabeza la imagen de que en campaña electoral el baile es el can-can.
lunes, 11 de octubre de 2010
Cine fórum
Para no engancharme a la película de crímenes y forenses, que me conozco, nada más escuchar la musiquilla, cojo un libro y me subo corriendo al cuarto. Cuando una hora y media después llega Leonor, le pregunto a modo de saludo:
--¿Quién era el asesino?
Impertérrita, contesta:
--El otro.
--¿Quién era el asesino?
Impertérrita, contesta:
--El otro.
domingo, 10 de octubre de 2010
sábado, 9 de octubre de 2010
Algo va mal
Ayer me derramé encima el café en la biblioteca del centro. Me pasé el día oliendo a café con leche, y ni siquiera el vaso de agua que me derramé en la sala de profesores dos horas después diluyó las manchas, aunque había agua suficiente para dejarme perdido y dejar un gran charco en medio de la sala. Confundí el edificio donde tenía que dar unas clases. Cité mal un título. Creía que había mandado al periódico unas colaboraciones, pero no salieron de mi ordenador. Por la noche borré un comentario en el blogg, y era elogioso, encima. (No hace falta decir que no fue mi modestia, supongo.) Puse unas comas donde no eran en la corrección de unas pruebas.
Y yo no me veo especialmente nervioso (o sea, que la cosa todavía puede ir a peor).
Y yo no me veo especialmente nervioso (o sea, que la cosa todavía puede ir a peor).
viernes, 8 de octubre de 2010
Un libro no escrito
Un libro que no voy a escribir, aunque me gustaría, es la historia de una ruptura, ya sea de un amor o una amistad. Cuando la novela empezase, ya habría acabado la relación, y cada capítulo consistiría en una minuciosa vuelta de tuerca en la memoria del protagonista. La ruptura iría enfocándose desde diversas perspectivas, que se sucederían en noches de insomnio. ¿Un título? Las mil y una noches, quizá. Poco original, pero con una calidad bien contrastada.
El protagonista comenzaría analizando con frío bisturí las culpas y las bajezas de la otra parte. Luego, imperceptiblemente al principio, poco a poco, iría entendiendo cada vez mejor las razones contrarias hasta que, de pronto, asumiría, en una agridulce revelación, su propia parte de responsabilidad.
Si quien lo escribiese (que no seré yo) fuese un buen escritor, se transmitiría que ninguna de las versiones es falsa, aunque la verdad total sólo brillará cuando se agoten las posibles perspectivas, si eso fuera posible. Mientras que el personaje cree firme y sucesivamente la versión de cada noche de insomnio, el lector iría completando un complejo mosaico de culpas, contra-culpas y errores de doble sentido.
Si quien lo escribiese (que no seré, ay, yo) fuese un escritor extraordinario, se percibiría que la amistad o el amor, contra lo que creen los protagonistas de la historia, no ha muerto, y que, del mismo modo que los insomnios acaban en el amanecer, cabe esperar una nueva oportunidad. Eso no se dirá jamás, porque en el libro habla el protagonista, y él o ella no lo sabe; pero lo irá adivinando con alegría creciente el lector.
Finalmente, si el escritor (que no seré yo, no) fuese un genio, todos los lectores de ese libro acabarían sabiendo que ellos son el protagonista de aquella historia. Que en todas sus rupturas y peleas, las culpas son complejas y compartidas y minuciosas y, en última instancia, insuficientes para ahogar un amor o una amistad. La posibilidad de una nueva oportunidad ya quedaría en las manos del lector, una vez que dejase en la estantería el libro, o se lo regalara a un amigo antiguo, o a un viejo amor.
El protagonista comenzaría analizando con frío bisturí las culpas y las bajezas de la otra parte. Luego, imperceptiblemente al principio, poco a poco, iría entendiendo cada vez mejor las razones contrarias hasta que, de pronto, asumiría, en una agridulce revelación, su propia parte de responsabilidad.
Si quien lo escribiese (que no seré yo) fuese un buen escritor, se transmitiría que ninguna de las versiones es falsa, aunque la verdad total sólo brillará cuando se agoten las posibles perspectivas, si eso fuera posible. Mientras que el personaje cree firme y sucesivamente la versión de cada noche de insomnio, el lector iría completando un complejo mosaico de culpas, contra-culpas y errores de doble sentido.
Si quien lo escribiese (que no seré, ay, yo) fuese un escritor extraordinario, se percibiría que la amistad o el amor, contra lo que creen los protagonistas de la historia, no ha muerto, y que, del mismo modo que los insomnios acaban en el amanecer, cabe esperar una nueva oportunidad. Eso no se dirá jamás, porque en el libro habla el protagonista, y él o ella no lo sabe; pero lo irá adivinando con alegría creciente el lector.
Finalmente, si el escritor (que no seré yo, no) fuese un genio, todos los lectores de ese libro acabarían sabiendo que ellos son el protagonista de aquella historia. Que en todas sus rupturas y peleas, las culpas son complejas y compartidas y minuciosas y, en última instancia, insuficientes para ahogar un amor o una amistad. La posibilidad de una nueva oportunidad ya quedaría en las manos del lector, una vez que dejase en la estantería el libro, o se lo regalara a un amigo antiguo, o a un viejo amor.
jueves, 7 de octubre de 2010
Deus ex machina
Mi bondad natural (o mejor dicho, la sentimentalidad) es una más de las razones por las que soy un mal narrador, si lo soy, que no. Empiezo a contar una historia y apenas la he echado a rodar, ya estoy metiendo los dedos en la máquina para conseguir a toda costa la felicidad de los protagonistas. Así no hay manera.
miércoles, 6 de octubre de 2010
Estradísticas
El interés del artículo es relativo. A mí lo que me interesa más que nada es esta idea, idea o confesión, que he metido un poco con calzador:
El hábito de las estadísticas nos empobrece incluso moralmente. Ante un mal ajeno, tan acostumbrados como nos tienen a pensar en tantos por ciento, sufrimos la tentación mezquina de alegrarnos porque tenemos ya menos probabilidades de sufrirlo nosotros. Es una egoísta evolución posmoderna del instinto de supervivencia.
martes, 5 de octubre de 2010
Manos y pies
Como guardaba en la manga una anécdota muy estilizada, pude ir muy contento a comer con la familia de mi mujer, tan exquisita. Me habían contado que alguien se asombró ante las finas manos de la Duquesa de Osuna. Ésta, quitándose importancia, contestó: “Son cinco siglos sin trabajar”.
Se celebró mi anécdota educadamente, y mi suegra de inmediato aportó otra. Alguien le dijo al general de caballería Francisco Merry Ponce de León, conde de Benomar: “Qué pies tan pequeños, mi general”, a lo que el militar respondió: “Generaciones a caballo”. Nos encantó la anécdota, que era manifiestamente mejor que la mía.
Y no sólo porque fuese de mi suegra, que ya es razón bastante, sino por sutiles matices que merece la pena comentar. A estas alturas, el trabajo ha perdido esa huella infamante que tuvo en la vieja España de los hidalgos. Primero, porque hemos ido valorando más y más la posibilidad de aportar algo a la sociedad, y segundo y ahora, porque un empleo, con el paro creciente y rampante y desbocado que tenemos encima, es un privilegio que vale como un marquesado y, si es fijo, como una grandeza de España. La finura de las manos, si es al precio de no trabajar, hoy por hoy no la querría casi nadie.
En cambio, el militar tenía los pies pequeños por hacer su trabajo. Ir a caballo goza de un aura de privilegio, no vamos a negarlo, pero es un privilegio que si la ocasión lo requiere se paga con la sangre en defensa de todos. En esas condiciones, lo pies pequeños nos parecen justificados y, todavía más, legítimos. Por otro lado, desde un punto de vista estético, hay un contraste gracioso entre la delicadeza de chinoiserie de un pie pequeño y la cruda rudeza del ejercicio militar.
Un tío de Leonor, nos informó de que, a cuenta de la memoria histórica y porque le confundieron con su hijo, a ese general (que hizo la guerra… ¡de Cuba!) le quitaron una calle de Sevilla para dársela a Pilar Bardem. Que tiene, apunté, una boca grandísima, supongo que por la de los lustros que lleva gritando en las manifestaciones… Pero en la mesa no es correcto hablar de política, y mi suegra cambió de tema enseguida.
Se celebró mi anécdota educadamente, y mi suegra de inmediato aportó otra. Alguien le dijo al general de caballería Francisco Merry Ponce de León, conde de Benomar: “Qué pies tan pequeños, mi general”, a lo que el militar respondió: “Generaciones a caballo”. Nos encantó la anécdota, que era manifiestamente mejor que la mía.
Y no sólo porque fuese de mi suegra, que ya es razón bastante, sino por sutiles matices que merece la pena comentar. A estas alturas, el trabajo ha perdido esa huella infamante que tuvo en la vieja España de los hidalgos. Primero, porque hemos ido valorando más y más la posibilidad de aportar algo a la sociedad, y segundo y ahora, porque un empleo, con el paro creciente y rampante y desbocado que tenemos encima, es un privilegio que vale como un marquesado y, si es fijo, como una grandeza de España. La finura de las manos, si es al precio de no trabajar, hoy por hoy no la querría casi nadie.
En cambio, el militar tenía los pies pequeños por hacer su trabajo. Ir a caballo goza de un aura de privilegio, no vamos a negarlo, pero es un privilegio que si la ocasión lo requiere se paga con la sangre en defensa de todos. En esas condiciones, lo pies pequeños nos parecen justificados y, todavía más, legítimos. Por otro lado, desde un punto de vista estético, hay un contraste gracioso entre la delicadeza de chinoiserie de un pie pequeño y la cruda rudeza del ejercicio militar.
Un tío de Leonor, nos informó de que, a cuenta de la memoria histórica y porque le confundieron con su hijo, a ese general (que hizo la guerra… ¡de Cuba!) le quitaron una calle de Sevilla para dársela a Pilar Bardem. Que tiene, apunté, una boca grandísima, supongo que por la de los lustros que lleva gritando en las manifestaciones… Pero en la mesa no es correcto hablar de política, y mi suegra cambió de tema enseguida.
lunes, 4 de octubre de 2010
Manifiesto Más Mas
Observo con manifiesta preocupación cómo la conjunción adversativa "mas" se usa menos y menos y va quedando arrinconada en el arcaísmo, ángulo oscuro. Malo. No disponemos en España de tantos monosílabos como para ir desechándolos así como así. Un monosílabo puede salvarte un verso, y no sólo para que los acentos --un poquito para aquí, un poquito para allá-- caigan en su sitio, sino porque adensa la expresión. Los lectores de poesía inglesa lo saben bien.
Aún más, pensar es discrepar y cierta variedad adversativa es fundamental para no repetirse con el pero, pero, pero, pero...
Pero más todavía. Si dejamos que esa palabra se hunda en el arcaísmo, cuántos poemas estupendos se nos cubrirán de una fina capa de polvo. Si mantenemos vivo el "mas", estamos defendiendo también a la tradición, que mejor si no nos suena acartonada donde el autor fue coloquial.
Por tanto, propongo usar el "mas" más. A la mínima oportunidad. Al principio, chocará un poco y habrá que recurrir a la ironía, mas con el tiempo, si no desfallecemos, lo habremos salvado. Habremos prestado un servicio a la riqueza del idioma, a la poesía del futuro (que falta le va a hacer) y a la poesía de siempre.
Aún más, pensar es discrepar y cierta variedad adversativa es fundamental para no repetirse con el pero, pero, pero, pero...
Pero más todavía. Si dejamos que esa palabra se hunda en el arcaísmo, cuántos poemas estupendos se nos cubrirán de una fina capa de polvo. Si mantenemos vivo el "mas", estamos defendiendo también a la tradición, que mejor si no nos suena acartonada donde el autor fue coloquial.
Por tanto, propongo usar el "mas" más. A la mínima oportunidad. Al principio, chocará un poco y habrá que recurrir a la ironía, mas con el tiempo, si no desfallecemos, lo habremos salvado. Habremos prestado un servicio a la riqueza del idioma, a la poesía del futuro (que falta le va a hacer) y a la poesía de siempre.
domingo, 3 de octubre de 2010
La paz
A los fieles no habituales les emociona una barbaridad el momento de darse la paz. Lo viven al máximo. Yo tengo que tener cuidado para que mi desdén por el pacifismo no me lleve a minusvalorar la paz, que sería una postura tan idiota como si el rechazo del feminismo me condujese a menospreciar a las féminas, cuando es todo lo contrario. Para calibrar su importancia se puede leer a René Girard y su último ensayo sobre Clausewitz, donde deja claro que la violencia no es pecata minuta, ni mucho menos. Y mejor aún es recordar la de veces que Jesús deseó la paz a modo de saludo, con una férrea insistencia, a sus discípulos.
Hay que rezar por la paz, y poner todo lo que esté en nuestra mano, empezando por la mano tendida. Quizá por eso los habituales de misa no exulten tanto con ella. Secretamente saben que la paz que se desean pasa, en última instancia, por el sacrificio propio, como la de Jesucristo, que es el modelo, ay, a seguir.
A pesar de todo, yo intento aprovechar ese momento de la liturgia para pedir por ella. Me distrae mucho el entusiasmo que digo. Una de las cosas más extrañas, a poco que se piense, es que la gente menuda y la no tan menuda salga disparada a dar la paz a sus abuelitos y demás seres muy queridos. ¿No sería más apropiado que los fieles buscasen entre los bancos a sus enemigos?
Resulta curioso cuando uno se da “como hermanos la paz” con su hermano. “Valga la redundancia”, le digo entonces. Dar como hermano la paz a tu mujer podría sonar un tanto incestuoso, pero las relaciones matrimoniales son tan estrechas y complicadas que nunca viene mal un buen beso de pacificación y perdón, de ida o de vuelta o de doble sentido.
Volverse a izquierda (sí, a izquierda, también) y a derecha, y dar la paz al vecino que te haya tocado en suerte no es muy escandaloso y tiene, además, un extraordinario valor simbólico. Porque esa persona cualquiera representa a todos, pero también porque, como se sabe, es con los vecinos (a los que se viene llamando “prójimos” en la terminología técnica) con quienes más cuesta mantener la paz. El roce hace el roce, valga la redundancia.
Hay que rezar por la paz, y poner todo lo que esté en nuestra mano, empezando por la mano tendida. Quizá por eso los habituales de misa no exulten tanto con ella. Secretamente saben que la paz que se desean pasa, en última instancia, por el sacrificio propio, como la de Jesucristo, que es el modelo, ay, a seguir.
A pesar de todo, yo intento aprovechar ese momento de la liturgia para pedir por ella. Me distrae mucho el entusiasmo que digo. Una de las cosas más extrañas, a poco que se piense, es que la gente menuda y la no tan menuda salga disparada a dar la paz a sus abuelitos y demás seres muy queridos. ¿No sería más apropiado que los fieles buscasen entre los bancos a sus enemigos?
Resulta curioso cuando uno se da “como hermanos la paz” con su hermano. “Valga la redundancia”, le digo entonces. Dar como hermano la paz a tu mujer podría sonar un tanto incestuoso, pero las relaciones matrimoniales son tan estrechas y complicadas que nunca viene mal un buen beso de pacificación y perdón, de ida o de vuelta o de doble sentido.
Volverse a izquierda (sí, a izquierda, también) y a derecha, y dar la paz al vecino que te haya tocado en suerte no es muy escandaloso y tiene, además, un extraordinario valor simbólico. Porque esa persona cualquiera representa a todos, pero también porque, como se sabe, es con los vecinos (a los que se viene llamando “prójimos” en la terminología técnica) con quienes más cuesta mantener la paz. El roce hace el roce, valga la redundancia.
viernes, 1 de octubre de 2010
Poesía de línea discontinua
Después de leer, desentrañar y reseñar el panorama de Villena (Luis Antonio) sobre la poesía española actual, he recibido con refrescante regocijo este anuncio de Coca-Cola:
Que la Coca-Cola sea light (lo único light, afortunadamente, del anuncio) es una pequeña concesión, comprensible, al aire de la época.
Que la Coca-Cola sea light (lo único light, afortunadamente, del anuncio) es una pequeña concesión, comprensible, al aire de la época.
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