No me gusta hablar en público y estoy empeñado en no hacer gratis más que lo que me da la gana, pero no me quedó más remedio que irme a San Fernando, a Isla Radio (iRadio) a disertar sobre educación. Me lo había pedido mi antiguo profesor de Filosofía, y hay agradecimientos y respetos que pesan más que nuestros gustos y nuestros empeños. Conduje —maldiciendo mi suerte— tres cuartos de hora hasta un polígono laberíntico y deprimente, y contesté como pude durante una hora, y ya me iba.
Pero tomamos una copa de vino español en un bar del susodicho polígono. Y allí, otro de los contertulios radiofónicos nos contó por qué uno de sus hijos estudió en mi antiguo colegio. Padre de nueve hijos, no se lo podía permitir, que así está la libertad de enseñanza en nuestra España. Pero ocurrió una tragedia. Un muchacho de mi pueblo y de mi urbanización, llamado Felipe, no recordaban el apellido, fue atropellado por un autobús en el aparcamiento del colegio y murió. Yo ya estaba entonces en la universidad, pero me enteré del drama. El padre del chico decidió dar una beca para otro alumno de la misma edad. Y el becado fue el hijo del que me lo contaba. Años más tarde mi contertulio asistió al funeral del padre de Felipe, y allí abrazó a la viuda.
La generosidad de aquel matrimonio que acababa de perder un hijo me impresionó, pero todavía no lo había oído todo. Mi antiguo profesor contó que unos días antes del accidente había recibido la Confirmación. El obispo, en amable tertulia con aquellos jóvenes recién confirmados, les preguntó: "¿Y cuál de vosotros quiere hacerse sacerdote?". Fue Felipe el que rompió el silencio, impetuosamente: "Yo". El obispo, visiblemente impresionado, quizá para quitar hierro al momento, dijo: "Bueno, bueno, 'di mejor lo que Dios quiera'...". "Eso", reconoció Felipe, dispuesto a no dar un paso atrás, sino todo lo contrario, "lo que Dios quiera".
El viaje de vuelta se me hizo corto y estremecido.